miércoles, 26 de octubre de 2016

Entendiendo a un hijo con Altas Capacidades

Últimamente se habla cada vez más de niños con Altas Capacidades, parece que la sociedad, los centros educativos y las familias, empiezan a tener  más conciencia de la existencia de estos niños y aunque estamos lejos, muy lejos de reconocer y aceptar  a ese mínimo porcentaje de la población infantil cuya inteligencia se sale de la normalidad, se van abriendo lentamente caminos que abogan por la detección temprana y exigen una respuesta a la demanda educativa que necesitan, tanto como el aire que respiran.

Ahora bien, cuando una familia recibe la noticia de que su hijo es Alta Capacidad se hace la siguiente pregunta “¿Y ahora qué ?

Si tenemos suerte, mucha suerte, el  Centro Educativo atenderá parcialmente las necesidades académicas, lo cual es necesario, pero no suficiente.  Queda por cubrir la parte más esencial de la vida de un niño con alta capacidad que es la psicoafectiva. Un superdotado que no es gestionado adecuadamente desde lo emocional está abocado a fracasar en lo cognitivo. El riesgo es sensiblemente más alto que en la población normal, porque son más vulnerables emocionalmente.

Un hijo con alta capacidad puede ser muy desestabilizador en el sistema familiar porque tiene necesidades afectivas y emocionales que la mayoría de los padres no entienden. Existe la creencia de que un superdotado es alguien que va sobrado de inteligencia y que no tiene que tener ningún tipo de problema ni académico ni psicológico. Esta es una creencia falsa que hace mucho daño en las familias que lo sufren y en la sociedad en general porque nada más lejos de la realidad.  Los superdotados piensan y sienten de forma distinta a los demás, su cerebro funciona de otra manera y no hay respuesta para esas familias que tienen que lidiar día a día con una situación confusa y muchas veces frustrante y dolorosa.

Vemos a los padres en consulta hacerse eco del vacío en el que se encuentran tras recibir el diagnostico, se preguntan y nos preguntan  ¿por qué lo cuestiona todo? ¿por qué reacciona de forma tan intensa? ¿por qué le cuesta tanto hacer las cosas cotidianas? ¿por qué a veces parece sordo o desobediente? ¿ por qué parece molestarle la ropa o los zapatos? ¿ por qué nunca parece cansado? ¿por qué suele estar solo en el recreo?... Es el reflejo de la confusión, el desconcierto y la impotencia de los padres que tienen que educar emocionalmente a un niño diferente y cuyo comportamiento puede llegar a resultar tan incomprensible como difícil de gestionar.

Es por ello que la adecuada  gestión emocional de un niño con Alta Capacidad es la piedra angular del bienestar del propio niño y de su entorno, de su éxito académico y vital, de su adaptación sin sometimiento a un mundo hecho  a la medida del percentil cincuenta,  en definitiva, de su felicidad. Y no podemos esperar que sea el colegio quien se ocupe de eso porque ni es su responsabilidad ni tienen la capacidad para hacerlo.

Lo primero que solemos sugerir a los padres cuando reciben un diagnóstico de Alta Capacidad es que se informen y que rompan con los estereotipos y prejuicios que hay en torno a ello,que son muchos y variados. Informarse es imprescindible para poder acercarnos a la realidad del hijo y desde ese lugar de entendimiento, poder apoyarle. 

Lo segundo que recomendamos es que revisen tanto sus expectativas como sus miedos, que traten de ver a su hijo tal y como es y que la vivencia de un niño superdotado debe ser de regalo y de desafío, no de dificultad o maldición. Esto se llama aceptación. Aceptar a mi hijo tal y como es, no como a mí me gustaría que fuera, es esencial para poder empatizar con él y darle aquello que  emocionalmente necesita.

Como padre o madre, mi actitud y mi forma de afrontar las dificultades del día a día , cambia radicalmente cuando entiendo y acepto porqué se comporta de determinada manera. Si cuando le hablo no me hace caso y yo sé que está absorto en una actividad determinada y que no me escucha porque no puede, no me enfado ni pienso que es un desobediente. Trataré de habilitar estrategias para llegar a él y ser escuchado.  

Saber cómo nuestro hijo piensa y siente al mundo trae de la mano la capacidad de empatizar con sus emociones y esto es, en sí mismo, una de las mayores fuentes de apoyo y autoestima que podemos ofrecerle. Pero también está la paciencia, la autoridad y sobre todo, la negociación.  La paciencia para no exigir ni esperar las reacciones , tiempos y respuestas que nos daría un niño normal. Paciencia para respetar que le moleste el pantalón y sólo quiera el chandal aunque vayamos a un cumpleaños, paciencia para esperar a que termine una actividad en la está inmerso aunque se enfríe la comida, paciencia para manejar el caos de su mochila y sus tareas escolares, paciencia para que una instrucción nuestra sea atendida y entendida. Y paciencia no significa dejar de pedirle que haga lo que es necesario hacer. Hablo de entender que su diferencia le dificulta sobremanera hacer todas estas cosas tan habituales para los niños normotípicos, pero no para un niño superdotado donde su hemisferio cerebral derecho dirige de forma dominante su comportamiento. Es muy fácil asumir y entender esto cuando hablamos de niños con déficits, rápidamente empatizamos y somos pacientes, pero parece que cuesta mucho verlo con los presuntamente “sobrados” de capacidad.

Un niño superdotado cuestiona la autoridad por definición. Sólo la reconocerá si ésta es explicada y tiene sentido para él.  Del binomio Autoritas vs Potestas,  sólo aceptarán la primera, es decir, el liderazgo construido desde la honestidad (conmigo mismo, con él y con los demás), la coherencia (cumplo lo que digo), y la integridad (lo que hago, digo y siento están alineados).  Nada más ofensivo para un niño superdotado que recibir un “porque yo lo digo" , esto será vivido como una agresión incomprensible de la que muy probablemente se defenderá mediante  una  actitud desafiante.  
Lo eficaz es la negociación y la explicación real del porqué pido lo que pido, porque su inteligencia se convierte entonces en aliada y dado que son capaces de comprender conceptos y razones que los niños normales de su edad no entenderían, es más que probable que acepten de buen grado lo que se les está pidiendo. 
Ayudarles a que verbalicen lo que sienten sin hacer juicios sobre lo adecuado de su intensidad; 

Apoyarles  a vivir su diferencia como algo positivo con ventajas y también con dificultades;  

No caer en la sobreprotección  empujados por su hipersensibilidad y su enorme frustración, pero tampoco dejarlos naufragar sin herramientas en un mundo donde les cuesta encajar;


Y alejarnos del paradigma premio – castigo para abogar por un modelo de crianza y educación basado en las emociones, el respeto, la comunicación, la confianza  y el amor incondicional, son las bases para dar a estos niños un referente de contención que les permita construir una autoestima sólida y desplegar así su inmenso potencial en beneficio propio y posiblemente de toda la sociedad. 

Olga Carmona

miércoles, 19 de octubre de 2016

Síndrome de la progenitora tóxica: ¿por qué mi madre no me quiere?

“No es fácil encontrar la felicidad en nosotros mismos, y no es posible encontrarla en ningún otro lugar”.  Agnes Repplier.



Es un tabú de nuestra sociedad aceptar que hay madres que no quieren a sus hijas, pero es más real y frecuente de lo que nos gustaría reconocer. Como todo aquello que nos resulta difícil de aceptar y digerir, tendemos a negarlo. Pero existen,  vemos a sus víctimas en consulta, peleando por llenar un agujero negro de infelicidad que arrastran desde la infancia y que en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera es consciente, porque duele nombrarlo.
La madre tóxica es una mujer que ha llegado a la maternidad por caminos poco deseables, por convencionalismos, porque así estaba diseñado su guión de vida, porque eso es lo que de ellas se esperaba. Renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no era ni es algo aprobado por la sociedad. Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno. Siempre. Incluso ahora. Hablamos de una minoría valiente y coherente que decidió por si misma cual era su voluntad y su camino. Muchas otras sin embargo, aceptaron  gestar , parir y criar como algo inevitable. No  es tan extraño entender, que algunas de aquellas hijas, no solo no fueran amadas incondicionalmente, sino percibidas como una molestia, un obstáculo, una rival e incluso una proyección de aquello que ellas hubieran querido ser.

Se trata en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas, que nunca asumieron el rol de madre y que siguen filtrando el mundo a través de su necesidad y su deseo.  Otras, son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijas proyectando en ellas el foco de su insatisfacción. Hay diferentes formas de madres tóxicas, pero todas incluyen la culpa, la manipulación, la crítica cruel, la humillación, la falta de empatía, el egocentrismo puro. Son madres que hacen saber a sus hijas que no están a la altura de lo que se espera de ellas, envidian sus éxitos, recelan su necesidad de independencia, rivalizan con ellas en un patológico escenario vital donde la víctima ni siquiera sabe que lo es.

La madre que no ama, despliega su toxicidad de diferentes formas, así nos encontramos con madres que envidian a sus hijas y tratan  de anularlas, madres que sobreprotegen y absorben excesivamente para tratar de evitar el sentimiento de culpa por no haber deseado tener ese hijo, madres centradas únicamente en “la fachada” que exigen a sus hijas que encajen en un molde que ellas mismas han diseñado para  exhibirse, madres que utilizan la enfermedad y el victimismo como principal estrategia de manipulación, madres dependientes que invierten los roles y hacen que sus hijas sean quienes se ocupen  de su bienestar físico y emocional y madres que, por desgracia, encajarían en varios de estos guiones de película de terror.

La mayoría de las niñas que han sido criadas por este tipo de mujeres no son capaces de entender que toda su inseguridad, falta de autoestima, necesidad de aprobación, autoexigencia brutal, dificultad para la intimidad emocional y vacío profundo, procede de la falta de amor primario. Asumir que tu propia madre no te quiso y no te quiere es uno de los procesos psicológicos y emocionales más difíciles de superar y con consecuencias devastadoras en todos los órdenes de la vida. A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros, una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural. Aquellas mujeres que fueron criadas por estas madres tóxicas llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, de tortura psicológica, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos.  Ya sabemos a día de hoy en base a los numerosos estudios que se han hecho, que la falta de amor parental crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad. El rechazo y la falta de amor materno produce un estado crónico de avidez afectiva y un miedo patológico al abandono.
Durante su infancia tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación de su madre lo que derivará en una adulta que tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación del mundo. No se sentirá digna de ser querida, habrá aprendido que su valor está en lo que hace no en lo que es, la fragilidad y la inseguridad serán compañeras de viaje y, con frecuencia, pasará este perverso legado a sus hijos, cronificando así el círculo de la infelicidad y la dependencia.

Hay muchos ejemplos conocidos de personas que aunque han alcanzado éxitos sociales, laborales, económicos, y exponen al mundo una fachada impecable de éxito vital, son muertos vivientes poniendo toda su energía en llenar el abismo afectivo que llevan dentro; en nuestro día a día estamos rodeados de personas que tratan en vano de llenar ese vacío (que llamamos existencial, aunque realmente es afectivo) por los caminos más diversos, pero naufragando en lo personal con profundos sentimientos de vacío y soledad que produce la incapacidad para amar y ser amados.

Sin embargo hay salida. Es imprescindible decirles a esas mujeres, que la niña dañada que llevan dentro y parece dirigir su vida, puede ser sanada. Como psicóloga que acompaño a muchas de estas mujeres, no creo en el determinismo y abogo por la capacidad resiliente que habita en cada ser humano. Tenemos el don de la libertad y la capacidad intrínseca para tomar el control de nuestra propia vida. Para ello es necesario tomar conciencia y poner nombre a aquello que nos dañó por difícil y brutal que esto sea. Y es imprescindible hacer un duelo: despedirnos definitivamente de la madre que no tuvimos, que ya no vamos a tener y no seguir buscando con manotazos de ahogado maneras infructuosas de compensar ese oscuro hueco. Asumir sin culpa alguna que la madre no se elige y que venimos al mundo programados para amar a quien nos toque para maternarnos.  Tomar la decisión interna de poner distancia emocional y física de la mujer que no supo querernos y sobre todo, hacer  del intento de no traspasar la herida a nuestras hijas, un objetivo vital, una cruzada.

Olga Carmona



Artículo publicado en EL PAIS el 10 de octubre de 2016.

Buscar en este blog