lunes, 10 de agosto de 2015

El niñito que quería pescar

* por Olga Carmona

"...Y el mundo está lleno de seres infelices, muertos vivientes que oscurecen  a quienes tienen cerca, incapaces de dar valor a lo bueno y aprovechar lo malo para aprender, personas a las que la vida les queda grande, como un regalo que no saben qué hacer con él...."
 


Tenía unos cuatro años  y quería pescar.

Estábamos en un río cristalino, fresco, en un paraje maravilloso de algún recóndito lugar de la sierra abulense.

La madre, mal encarada desde el principio, desde que llegó con sus dos pequeños, flacos, con caritas tristes, inhibidos para no enfadarla, para que no se desatara el monstruo que se intuía su rostro  y que ellos debían conocer mejor que a sí mismos.

El mayor, unos 6 años, de conducta intachable: no gritaba, no jugaba, estudiando cada uno de sus movimientos para no enfadar a mamá.

Pero el pequeño quería pescar. Y tras muchas horas esperando la  oportunidad de poder hacerlo, puesto que en su pequeño universo  las condiciones estaban dadas, empezó a verbalizar insistentemente que él quería pescar. Se empezaba a poner el sol y el niñito triste intuía sabiamente que se le llevarían de la mano, casi a rastras, sin darle explicación ni consuelo alguno.

Y entonces empezó a demandar: “es que yo quiero pescar”…

El monstruo que habitaba el alma de su madre encontró terreno abonado y emergió: “me tienes harta, no te soporto, eres horriblemente pesado, si  lo vuelves a decir no saldrás de casa mañana”,…

Pero el monstruo, una vez desatado, no se conforma con palabras:  le zarandeó, le pegó un azote en el culo y le obligó a sentarse en silencio... “Hago todo por ti y tu no agradeces nada”, “me paso la vida sacrificándome por vosotros y no reconocéis nada”, “no vas a pescar, ni hoy ni nunca, por pesado”.
Sentado en una piedra,  las lágrimas corriéndole por su pequeña carita, mirando hacía el agua del río dijo bajito:   …“yo quiero pescar”.

Mi hija de 6 años, testigo sereno de la tristeza del niño, se giró hacia a mí y me espetó: “¿qué le pasa a esa madre”?

Y la pregunta me retumba desde entonces tratando de entender, sin juicios, sin caer en simplismos reduccionistas y planos  sobre el bien y el mal, qué lleva a una madre a tratar con ese sadismo cotidiano y conocido a su propia cría.

Y, aún a riesgo de equivocarme, creo tener alguna respuesta: lo que yo vi, más allá de lo evidente,  fue a un  ser humano profundamente infeliz. Lo llevaba tatuado en el gesto, en el cuerpo, en la mirada.  Yo sé bien, que  ese veneno pringoso como alquitrán,  se contagia, se expande, intoxica todo aquello con lo que entra en contacto y especialmente a quienes se alimentan de ella para poder ser: sus hijos.

Y el mundo está lleno de seres infelices, muertos vivientes que oscurecen  a quienes tienen cerca, incapaces de dar valor a lo bueno y aprovechar lo malo para aprender, personas a las que la vida les queda grande, como un regalo que no saben qué hacer con él. Y esas personas traen a otras al mundo y les enseñan a vivir a través de su filtro empañado, perpetuando y engrosando las filas de un ejército de infelices,  que sin embargo, ocuparán lugares de responsabilidad y desempeñaran roles sociales importantes que a su vez harán más y más grande la ya gigantesca tela de araña de esta  inmensa mediocridad.

Sin embargo  a veces, sólo a veces, aparece un individuo, pequeño, flaco, frágil, anónimo,  que a pesar del dolor, a pesar la sumisión, a pesar de la absoluta indefensión, insiste:

 …“es que yo quiero pescar”.

Y yo siento que ese niñito, le devuelve la esperanza al mundo, en una sola frase.

7 comentarios:

  1. A lo mejor solamente tenía un mal día... No digo que no existan las personas que refieres, pero juzgar a una persona por una actitud aisladas sin contexto me parece un poco aventurado. Eso no quiere decir que en ese momento actuase bien, pero de ahí deducir algo como que es una persona a la que la vida le viene grande... Solamente deseo que no te juzguen a ti así si algún día tienes un mal día y sacas la pata del tiesto.

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    1. Alejandra, primero agradecerte que nos leas, que siempre habrá mejores cosas que hacer.
      Por lo demás, me parece que has interpretado el texto de forma muy literal o que haciendo un análisis un poco más "aventurado" hay tocado alguna tecla en ti que no te ha gustado encontrar. En todo caso, afirmo con absoluta rotundidad que no estaba juzgando a esa mujer, que sólo estaba haciendo una reflexión respecto de una anécdota vivida en primera persona y que no un día, sino muchos días, saco los pies del tiesto lo cual no incluye, jamás, pegar ni insultar a nadie, especialmente si ese alguien es objetivamente más frágil de débil que yo.
      Detecto cierta tolerancia al maltrato en tu reflexión.
      Olga Carmona

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    2. "Un mal día".... tampoco te da derecho a mal - tratar a nadie, mucho menos a tus hijos.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. «personas a las que la vida les queda grande»... Toda una revelación, me lo apunto. El niño sólo quería vivir :-)

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  4. Todos tenemos malos días... Ningún "mal día" te da derecho a gritar a otra persona, ni a humillarla, ni a pegarla... tenga esa persona la edad que tenga. Y no es un juicio... es lo que dice la ley. Gracias por la reflexión, Olga, como siempre, un placer leerte!!!

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  5. No se trata de juzgar, se trata de describir una realidad que tristemente pasa. El que se machaque a los niños y a todos nos parezca normal e incluso deseable, es una muestra de lo mal que está la sociedad. Entre adultos nos disculpamos pero a los niños hay barra libre para echarles de todo encima. Los padres no se dan cuenta del daño que hacen con frases tan "suaves" como "me tienes harta" Es una crueldad. En fin...

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