viernes, 25 de abril de 2014

No me gustan los limites: La historia del palo y la zanahoria

*Por Alejandro Busto Castelli

Quiero agradecer especialmente a la periodista venezolana, Berna Iskandar de "Conoce mi mundo", que me sugirió escribir sobre el tema e inspiró a través de sus preguntas, la gran mayoría de las reflexiones de este artículo.


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Cada día de nuestra vida, argumentamos, defendemos, explicamos o compartimos nuestra cotidianidad a través del lenguaje, de las palabras con las que construimos sin duda nuestra realidad. Desde lo más superficial hasta lo más esencial nuestro mundo cabalga a lomos de cada palabra que usamos, heredada o no, prestada o no, tal vez aprendida o incluso creativamente inventada.

Y así nos embarcamos en extrañas travesías diarias, donde ni uno solo de estos curiosos caballos que nos permiten avanzar, resulta gratis. Ninguno es casual. Quizá por eso me parece importante reflexionar sobre ellas.

En relación a la crianza y educación infantil, en mi trabajo diario con padres y madres, en mi vida como padre, aparece de forma machacona una palabra. A veces en boca de un profesional contrastado, en boca de un gurú de nuevo cuño, en el llamativo título de un libro, en una charla en el andén del metro….

Limites…

Es curioso, porque como por arte de magia a veces las palabras se encadenan. Y unas no viven sin otras. 
Sin saber muy bien su significado y glorificando nuestra más oscura mediocridad, cada vez que por ejemplo decimos “calidad”, nos vemos obligados a decir en la frase siguiente “cantidad”… y si decimos “limites”, tendremos que añadir para parecer que sabemos.. “los niños necesitan…”

La palabra límite crea en los sistemas familiares una realidad constante. La razón de ser de esta palabra tiene que ver con su origen latín, “limes” usado por los romanos para expresar  una línea real o imaginaria, una frontera que separa dos cosas. ¿A quién y de que separan los limites en educación y crianza?

Definitivamente la palabreja no me gusta y menos el uso que se hace de ella, desde algunos sectores de la psicopedagogía, en una cantinela aburrida sobre los “limites” que debemos poner a los niños.

Ahora bien, teniendo esto en cuenta, mi visión es que desde el punto de vista de la educación emocional es fundamental clarificar con argumentos cual es el marco de juego de un sistema. Un marco de juego que lo es, en esencia para todos los integrantes del mismo, sean niños o adultos.

Como líneas generales más que obvias, este marco de juego debería girar en torno a la no violencia, la gestión de emociones como la ira, la rabia o la tristeza, el cuidado individual y del otro, la integridad física y emocional. Si a esto le queremos llamar limites, por mi está bien. Pero negociemos de lo que estamos hablando.

No le debes gritar  a tu hermano, porque en este sistema ninguno de sus integrantes grita, porque ese es el acuerdo, el marco en el que nos movemos y porque en él nos sentimos emocionalmente equilibrados y respetados. Y cuando alguien lo hace, porque no ha sabido o podido hacerlo mejor, claramente está faltando al grupo y al acuerdo puesto en común. Cada uno desde su lugar, desde su pequeño o gran mundo, necesita realizar un aprendizaje en este sentido y asumir las consecuencias emocionales que sus actos o dichos tienen sobre el resto.

Así que establecer este marco de juego como padres, resulta de vital importancia, del punto de vista del desarrollo de los niños y adultos enmarcados dentro de un determinado sistema familiar.

Tengo muchas dudas respecto a que cuando se habla de limites desde ciertos sectores pretendidamente inocuos, blancos y puros, se esté haciendo desde ese lugar que toma en cuenta al niño, que empatiza con él, que negocia y termina por asumir su propia responsabilidad en el desarrollo del marco relacional del que estábamos hablando.

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