martes, 22 de octubre de 2013

Celos entre hermanos


CELOS ENTRE HERMANOS: 

la inmensa necesidad de sabernos amados



















Los celos, independientemente de si son infantiles o adultos, se definen por una sensación de frustración, de tristeza y de resentimiento al creer que ya no nos quieren como nos querían, que hemos dejado de ser importantes y valiosos.

Hablamos de tres causas que suelen estar interconectadas y son, las características temperamentales del niño, 
el momento evolutivo y el estilo educativo de los padres. 

Hoy sabemos que aquellos niños que muestran un carácter sensible, con esquemas rígidos, poca tolerancia a los cambios, poca capacidad para detectar y nombrar sentimientos tendrían más posibilidades de tener celos ante la llegada de un hermano.


Sin embargo hay variables en la conducta celosa de los niños que hacen que no siempre y no en todos los casos ni con la misma intensidad, manifiesten celos.


La edad es también un factor influyente ya que la etapa más sensible de un niño es la que llamamos fase de apego y va desde los dos a los cuatro o cinco años, que suele coincidir con el momento en que los padres suelen aumentar la familia.

Por último, el estilo educativo de los padres también influye de forma clara tanto en la aparición como en el manejo y desarrollo de la conducta celosa: en familias donde existe un estilo comunicativo, de afectos compartidos, donde se trata a cada miembro con equidad sin establecer comparaciones de ningún tipo, ni positivas ni negativas, se minimiza el riesgo de aparición de celos.

En todo caso debemos pensar que los celos, aún siendo una emoción normal (estadísticamente hablando) son  muy dolorosos. Y es imprescindible hacer una parada en nuestra rutina cargada de tareas, para empatizar, para darnos cuenta, para situarnos en el universo de nuestros hijos, en su dolor, en su miedo. Los celos representan la máxima vulnerabilidad frente al mundo: la posibilidad de perder nuestro amor y nuestra atención, que es en definitiva lo que les sostiene y su razón de ser. Sólo nos tienen a nosotros y somos ni más ni menos que  su mundo. 

Propongo agacharnos, no sólo físicamente, para abrazar su miedo y contenerlo. Propongo  hacerles saber que su emoción importa, nos importa. Que vamos a tratar de hacer lo posible para devolverles la seguridad que necesitan para seguir adelante. Y esto se consigue con la no comparación, con la dedicación de tiempo en exclusiva, con la escucha activa y empática, con la atención a su demanda. Y si su demanda es una vuelta atrás, una regresión al chupete, al pañal o a lo que sea que necesiten, dárselo. Digo dárselo. No digo decirles que ya son mayores para eso, que no lo necesitan. Tenemos que entender que a veces necesitamos dar unos pasos hacia atrás para saltar hacia otra etapa evolutiva o emocional.

Muchos profesionales dirán que hay que ignorar las conductas inadecuadas. Yo digo lo contrario: El miedo no se quita ignorando a quien lo tiene. La indiferencia sólo hará que ese primer sentimiento de inseguridad a perder lo que más se quiere, se enquiste y nos acompañe por el resto de nuestra vida en cada situación que nos vuelva frágiles y vulnerables. Si, por el contrario, ante el miedo encontramos validación, contención y atención, aprenderemos que nuestras emociones son importantes y por tanto, nosotros los somos. Estaremos ayudando a nuestros hijos a construir una imagen de sí mismos valiosa y no se me ocurre que les podamos ofrecer mayor herramienta para manejarse frente a los reveses que la vida les traerá, de todas formas.

Olga Carmona
Psicóloga Clínica
Directora de Psicología CEIBE
Experta en Psicopatología Infantil y Juvenil por la Sociedad de Medicina Psicosomática y Psicología Médica, Fundación Ciencias de la Salud.


martes, 15 de octubre de 2013

PASIÓN y SEXO TRAS LA LLEGADA DE UN HIJO.. . ¿DONDE ESTÁ LA PAREJA RECONVERTIDA EN PADRES?


PASIÓN y SEXO TRAS LA LLEGADA DE UN HIJO..
¿DONDE ESTÁ LA PAREJA RECONVERTIDA EN PADRES?

Extraído de la entrevista realizada para BEBES Y MAS


¿Cómo mantener la pasión en la pareja cuando llegan los hijos?

En mi opinión, forma parte de la madurez de la pareja como sistema, entender que la vida en común atraviesa por diferentes etapas, está en constante cambio y evolución, por suerte. 
Somos seres humanos en construcción, sujetos al cambio que es, sinónimo de estar vivo. La llegada de los hijos marca un antes y un después en esta trayectoria, donde ambos miembros de la pareja deben entender que ahora la prioridad es el nuevo ser, con imperiosas e impostergables necesidades que sus padres deben satisfacer. Este un tiempo de respeto, de adaptación, de nuevos roles. Cuando la madre es cuidada, contenida, apoyada y no se le exige que las cosas en el terreno sexual vuelvan a ser como antes de ser padres, la pasión vuelve. Con otros tiempos, con otras formas, tal vez, pero si el lugar de partida era sexualmente afín y sólido, volverá de forma espontánea y se adaptará a la nueva situación. Solo se trata de aceptar los tiempos, acompañar los cambios y entender que es una nueva etapa en nuestro recorrido vital.

¿Cómo no descuidar la pareja?

Empatizando con ella. Entendiendo cuál es su momento y cuál su necesidad en una etapa tan delicada. Comunicarse es la clave, atender al torrente emocional que se produce en el mundo femenino y a la ruptura de esquemas que se dan en el masculino, tender puentes, conectarse con quienes éramos antes de la llegada del hijo, implicarse en el cuidado del hijo, disfrutar de la nueva situación, vivir el cansancio y las dificultades con la perspectiva de que es temporal.

Insisto en la comunicación empática como clave para que el otro sienta que no está solo, que también está siendo cuidado.


¿Los hijos matan el deseo sexual?
                                  
Los hijos no matan nada que no estuviera agónico o directamente muerto ya. 
Los hijos en todo caso dan vida, mucha vida.
Su presencia actúa como una lupa gigante donde poder ver nuestras limitaciones y nuestras sombras, pero también el potencial de todo lo bueno que tenemos para ser y dar.
Los hijos dan, los hijos potencian, los hijos nos hacen mejores sin lugar a dudas, si somos capaces de mirarnos con humildad a través de sus sabios ojos.
El deseo sexual solo lo mata el desamor, la falta de respeto hacia el otro, el querer anclarse en una etapa de la vida que ya no es, que ya fue. Lo mata el egoísmo, la inmadurez, la incapacidad de aceptar los cambios, la frivolidad, la falta de generosidad.

¿Los hijos, unen o separan?

Unen si el caldo de cultivo de la pareja es propicio.
Separan si antes de su llegada existían grietas profundas que eran tapadas con la aparente ausencia de conflicto.
La presencia de los hijos en una pareja sólida, enamorada, con visiones del mundo afines, con un proyecto de vida en común bien armado, suponen la más increíble y milagrosa representación del amor y el vínculo se estrecha a niveles difíciles de transmitir con la palabra. Trascienden la individualidad y dan un sentido esencial a la vida.

De la misma manera, en un sistema frágil, basado en las circunstancias puntuales que les unieron, con incompatibilidades vitales innegociables, la presencia de los hijos sitúa a la pareja en una zona crítica que algunas no superan.

¿Las fantasías y los juegos sexuales pueden aumentar con la maternidad al liberarnos internamente?

Durante la etapa de puerperio y lactancia, yo diría que no. La mujer está haciendo nido, está recogida sobre sí misma y su cría y la sexualidad, pasa a un segundo plano. La piel adquiere otros matices y la sensualidad se despliega sobre y para el bebé.
Una vez superada esta etapa, Si. Precisamente ahora estoy trabajando en un proyecto en el que entrevisto a mujeres, mayoritariamente madres, para saber cómo y en qué ha cambiado su sexualidad después de ser madres.

Mi percepción es que las mujeres se sienten más plenas, más fuertes, más seguras de lo que quieren y todo eso las hace más libres. Es más, muchas demandan disfrutar de una sexualidad más amplia donde las fantasías y los juegos desde luego, tienen cabida. Diría que la maternidad amplía nuestra conciencia del cuerpo y nos otorga poder.

¿Cómo recuperar el deseo si este disminuye?


Despacio. Con paciencia. Empezando por disfrutar de la sensualidad que nos ofrece la vida en pareja, sin objetivo ni prisa. Tratando de ir quitándonos el pijama poco a poco y volviendo al vestido. Reservando algún espacio para la pareja, para redescubrirse, para charlar, para mirarse a los ojos. Cuidando del otro, implicándose ambos en el cuidado de la cría.

Y el colecho, ¿es un síntoma de falta de deseo o un separador de parejas?





Si la pareja no tiene deseo, compartir la cama sin niños no se lo va a devolver. 
Y si , por el contrario, la pareja disfruta de una vida sexual activa, rica y flexible (esta palabra es clave), el colecho no se lo va a quitar.
El colecho es un placer, para quienes así lo eligen, no una obligación ni parte de un decálogo de pautas para una crianza feliz. Lo que no se hace con placer, no suele servir.

Olga Carmona
Psicóloga Clínica

 





jueves, 3 de octubre de 2013

Crianza sin apellidos: Ser o parecer

*por Olga Carmona

"...Percibo que somos percibidos como padres caóticos, por momentos negligentes, que no educan, que favorecen una suerte de libertinaje infantil, que nos tiranizan ahora o más adelante, que nuestras vidas se han llenado de nuestros hijos porque estaban huecas y vacías, y que éstos  serán seres marginales del sistema por culpa de estos padres que a nada les obligan  ni enseñan respeto."

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Ibamos en el coche, una tarde noche cualquiera, todos muy cansados. Los niños atrás gritando como poseídos, evidentemente sobreexcitados por el cansancio, su padre y yo no podíamos articular una sola palabra que pudiera ser escuchada por el otro, ni por ellos. En un alarde de rebajar ese nivel de estrés sin aumentarlo ni dejarnos llevar por él, planteamos el siguiente intercambio de roles a los niños: “atención, nosotros vamos a ser los hijos y vosotros los padres”, así que ni cortos ni perezosos, su padre y yo nos pusimos a chillar, lloriquerar, pedir cosas, reclamar atención, pelearnos… todo esto aliñado con unos considerables niveles de decibelios.  

En la parte de atrás del coche se hizo un silencio absoluto, aunque corto. Ella, con 4 años, empieza a intentar calmarnos y comunicarse con claros signos de impotencia. El, rompe a llorar desconsolado. Llora y verbaliza entre lágrimas y mocos: “no quiero jugar a esto, si vosotros sois los hijos, quien nos cuidará, quienes serán nuestros padres,  somos niños, no quiero jugar a esto, me asusta.”
Nuestros hijos no son nuestros amigos. Y no quieren serlo.

Crianza positiva, crianza respetuosa, crianza humanizada, crianza de apego… no me gustan los apellidos, aunque sean estos. CRIANZA es CRIANZA y efectivamente debe ser respetuosa, debe ser humana, debe ser basada en el apego. Lo otro es adiestramiento, lo otro es despotismo ilustrado, lo otro es abuso de poder.

Tampoco me gusta el pack, como si los padres que educamos y criamos desde este lugar debiéramos someternos a una serie de requisitos de toda índole para encajar dentro de la ortodoxia respetuosa, que de mediocridad y tópicos también va servida.

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