jueves, 24 de enero de 2013

De la infertilidad al milagro: El poder de la intención

Por Olga Carmona


...“Debéis mentalizaros de que nunca tendréis hijos” nos dijo el equipo médico del hospital, tras varios intentos fallidos de fecundación artificial y también in Vitro.

“No hay nada que hacer”, “estáis clínicamente desahuciados para ser padres por la vía biológica”. Abandonamos el hospital en silencio, la infinita tristeza no nos dejaba ni respirar sin rompernos por dentro...





Cinco años han pasado, han volado.

Estoy en la sala opaca y blanca de un hospital. Hace mucho calor, tanto que estamos empapados hasta dejar mojada la cama. El sudor, la noche, las voces, algún llanto de bebé desesperado aumentan mi sensación de irrealidad. Hace apenas unas horas que me han rajado para sacarte, para arrancarte de mi y en la prisa y el miedo te han quemado la mano con el bisturí y a mi me han desgarrado las entrañas. Estoy todavía en shock y lo único que puedo hacer es mirarte. Tengo casi la certeza de que estoy soñando. Siento que este es el momento más feliz y más duro de mi vida. Este el principio de un aprendizaje simple que después se repetirá una y otra vez: la felicidad viene a veces de la mano del dolor. Juntos, por incompatibles que nos parezcan. Este ha sido un parto pesadilla, espantoso más allá de lo imaginable, artificial hasta lo imposible. Debí confiar más en mí y en ti, pero una vez más, el miedo hizo su labor y esta vez se impuso. Los médicos se agobian cuando conocen mi mal y empiezan a dar palos de ciego. Tu no estabas listo para nacer y yo lo sabía, nos obligaron, te obligaron. A esa hora ya me daba igual, ya estabas ahí, mirándome tan extrañado, supongo, como yo.
 
Esos cuatro días de hospital, ese calor de desierto, tu llanto, el dolor de mis pechos ahora irreconocibles en su inmensidad, mi herida… tu cuerpecito redondo y caliente pegado al mío… lo recuerdo como una alucinación.

De vuelta a casa, en el asiento trasero del coche íbamos los dos. Yo te miraba, aún absorta. Tu dormitabas. A ratos abrías los ojos, cruzabas tu mirada con la mía y los volvías a cerrar. Como si ya me conocieras. Miré por la ventanilla, percibía el exterior de forma diferente, como si estuviera en otra ciudad, como si yo fuera otra. Y lo era, pero aún no lo sabía.

Mi niño de luz, mi amor. Qué rígidas, qué cortas, que descoloridas se me antojan las palabras para transmitir lo que me inunda el alma, para dibujar cómo te quiero. “ Te quiero con la ….” Y tu dices “vida”. Te he dicho tantas veces que te quiero con la vida, que te lo has aprendido.

“Debéis mentalizaros de que nunca tendréis hijos” nos dijo el equipo médico del hospital, tras varios intentos fallidos de fecundación artificial y también in Vitro.

“No hay nada que hacer”, “estáis clínicamente desahuciados para ser padres por la vía biológica”. Abandonamos el hospital en silencio, la infinita tristeza no nos dejaba ni respirar sin rompernos por dentro. Pero yo no soy de naturaleza resignada, había otros caminos. No teníamos, ni tu padre ni yo interés alguno en transmitir nuestros genes a nadie. Lo que queríamos era vivir la fascinante aventura de criar a un hijo, de querer a un hijo, compartir todo lo que teníamos por dentro, hacer que un niño feliz se convirtiera en un adulto feliz. Así que cerramos la interminables visitas hospitalarias, los pinchazos de hormonas diarios, el vía crucis de forzar mi cuerpo químicamente e iniciamos con renovada ilusión la desventura de una adopción. Nadie que no lo haya vivido en primera persona puede imaginar cuánto de nosotros pusimos ahí, cuánta energía, cuánta ilusión. Al cabo de dos años, lo único que había crecido entre nosotros era una carpeta verde, obesa de grises formularios, nuestras manos seguían vacías y el alma otra vez, reventada. Entonces fuimos a tocar las puertas de funcionarios de un país envuelto en su propia miseria, lleno de niños sin madre inundados de parásitos y hambres. Fuimos, golpeamos las puertas y las mesas. Recorrimos los lugares, las calles embarradas donde los pequeños pisaban descalzos, viendo en cada carita morena al que pudiera haber sido nuestro niño, y decidí, otra vez, parar. Otro enorme aborto en mi existencia. Huimos a refugiarnos a nuestro lugar en el mundo. Nunca antes me había sentido tan enamorada ni tan cerca de tu padre. Nos alejamos del ruido que sentíamos por dentro en una solitaria playa del pacífico costarricense, dejando pasar las horas en largos paseos por la orilla, en intensas conversaciones intentando digerir todos esos años de búsquedas, frustraciones y fracasos.

Nunca, ni entonces, ni antes, perdí la esperanza. Nunca dejé de mirar el calendario para ver si mi regla se dignaba a faltar, a pesar del eco exterior y de la razón que me gritaban incesantemente, todo lo contrario. Siete largos años de peregrinación a la búsqueda de nuestro mayor deseo, siete años y la nada.

De regreso a casa, mi regla se retrasó. Era finales de agosto, aún hacía calor y yo solía leer un libro por las tardes mientras esperaba a que tu padre volviera de trabajar. Muchas, muchas de esas tardes, cerré el libro y mis ojos, puse mi mano en mi vientre y te llamé. Te pedí que estuvieras ahí, te pedí con todo mi ser que me habitaras.

Y lo hiciste.

Cuando lo supe, cuando tu padre me dijo “aquí hay dos rayitas” no podíamos parar de llorar y abrazarnos. Estabas ya dentro de mi y ahí sigues. Nadie lo podía creer, nadie. Menos aún los médicos. A estos se les encendieron todas las luces de alarma y nos llamaron “embarazo de alto riesgo”. Pero yo sabía, igual que tu, que todo iba a ir bien, que eras fuerte, tenaz y venías destinado a vivir. Así que, mientras el resto del mundo nos pedía pruebas médicas y controles de todo tipo, yo te acariciaba en las noches con la absurda pero completa serenidad de quien sabe algo pero no sabe porqué lo sabe. Nunca dudé y no me equivoqué. Ni un solo obstáculo durante el embarazo y entraste en el mundo con cuatro kilos y una salud de vértigo que aún hoy conservas.

Si, celebro tu nacimiento. Celebro que estés vivo, celebro que seas mi hijo, celebro haberte gestado y parido, celebro tu sonrisa, tus días malos y tu rebeldía, celebro tu voz cuando dices “mamá”, y celebro sobre todo tu sabiduría para elegir cuál era el momento en el que yo estaba lista para recibirte, aunque yo no lo entendiera.

Abriste una puerta y la dejaste abierta, de par en par. Sólo siete meses después volví a estar habitada. Tu le mostraste el camino de llegada a la vida y tu hermana corrió rauda a recorrerlo.

Entonces aprendí otra lección, simple, que se repite cada día: tengo mucho que aprender de vosotros, sólo necesito estar atenta, recordar el milagro y el privilegio de teneros, y un poco de humildad.

Miraros es creer.
Si, os quiero con la… vida.


Texto extraído del libro "Diario de nosotros" de Olga Carmona y Alejandro Busto Castelli

lunes, 21 de enero de 2013

"Bebés y más" entrevista a Olga Carmona: Hipersexualización de las niñas ¿Hasta cuando?

por Mireia Long
Entrevista original publicada el 13/01/2013 en Bebés y más

"... si se sigue transmitiendo una sexualidad donde las mujeres responden a patrones no establecidos por ellas, ni siquiera negociados, y si se hace desde la infancia, es mucho más fácil tener después una generación de mujeres pasivas que viven para satisfacer las expectativas de un mundo dominado por hombres..."

Durante esta semana Bebés y más se ha propuesto analizar a fondo el preocupante tema de la hipersexualización de nuestros hijos, especialmente en lo que se refiere a las niñas. Lo hemos hecho con un artículo en el que hemos dado una visión general del problema y con una serie de entrevistas a especialistas en psicología infantil.

Terminamos hoy con esta entrevista a Olga Carmona, psicóloga clínica y experta en Psicopatología Infanto-Juvenil a quien podemos leer en su página Psicología Ceibe.

¿Existe realmente un patrón de hipersexualización de las niñas en la publicidad?
Si, existe y se podría generalizar a todos los países desarrollados. En el año 2007 la Asociación de Psicología America (APA) publicó un documento en el que ya se denunciaba la tendencia sexualizadora de nuestros niños en las sociedades modernas.

¿Qué decía ese informe?
La APA advertía una preocupación por que el fenómeno se reflejaba en todo el espectro infantil, ropa, juguetes, videojuegos, series de TV destinadas a ese público, haciendo demasiado hincapié en los beneficios que el erotismo puede proporcionar, sobre todo a las niñas. Este estudio reflejó que las niñas, a partir de los 4 años son bombardeadas con modelos de éxito social que triunfan en la vida tener aquellos atributos físicos que el mercado impone, no por cualidades personales ni profesionales.
En definitiva, decían, que la sexualidad acaba por excluir otros aspectos de la personalidad y se convierte en el único parámetro válido para juzgar la valía de un individuo.

¿En qué se materializa todo esto?
Las pequeñas de la casa no están ocupadas en jugar con plastilina, colorear o aprender a montar en bicicleta. Ahora se empeñan en tener el tipo de Beyoncé, bailar como Shakira, vestir tops y minifaldas que dejen su ombligo al aire, y se preocupan por cuando sus padres les darán permiso para hacerse un tatuaje, un piercing y un aumento de mamas que les permita volver locos a los chicos.

¿Qué razones hay para este fenómeno aberrante?
Las razones son básicamente de consumo. La moda, principal artífice del uso de las niñas como reclamo publicitario a modo de Lolitas cada vez más jóvenes, impulsa esta imagen como un potente gancho comercial para vender sus productos.

Nuestra sociedad no se ha liberado del machismo, ¿verdad?
Por otro lado, vivimos en una sociedad con profundas contradicciones y con grandes dosis de doble moral. El sexo vende en cualquier caso, y la actitud de la sociedad sobre la sexualidad femenina es como mínimo confusa y anclada en patrones machistas. Por un lado se critica a una mujer que se vista de forma provocativa, pero se acepta a una niña vestida como una mujer, maquillada, con tacones y minifalda y a una mujer vestida como una niña, bordeando los límites de la pedofilia.
Y profundizando un poco más se podrían encontrar razones que tienden a cronificar el machismo, es decir, si se sigue transmitiendo una sexualidad donde las mujeres responden a patrones no establecidos por ellas, ni siquiera negociados, y si se hace desde la infancia, es mucho más fácil tener después una generación de mujeres pasivas que viven para satisfacer las expectativas de un mundo dominado por hombres.
Olga Carmona

¿Porqué las niñas se ven arrastradas a seguir estos patrones?
No es que se vean arrastradas a seguirlo, es que están siendo socializadas, endoculturadas en un ambiente en el que determinados comportamientos se ven reforzados.
Si se las bombardea desde la cuna con un entorno que les dice que si se visten de tal manera, si se “disfrazan” de mujeres, si se contonean como sus ideales de éxito, van a recibir la aprobación social, van a lograr el éxito, ellas (y ellos) lo harán.
En edades tempranas, los niños aprenden básicamente por imitación, buscan modelos a los que imitar, referentes que les digan cómo comportarse en un mundo para ellos confuso, indescifrable y difícil. Si el mensaje que les llega es el de una sociedad que sobrevalora determinada idea del sexo, ellos la aceptarán como válida y adoptarán el modelo.

¿Qué efectos puede tener esto en su desarrollo psicosexual?
Los efectos son aún impredecibles, aunque ya empezamos a encontrar profundos desequilibrios en el desarrollo madurativo de los niños. Hay, por ejemplo, una precocidad en la aparición de la adolescencia, y aparece el término preadolescencia, que en generaciones anteriores ni existía.
Esto significa que nuestros niños se están saltando etapas de desarrollo y esto siempre implica un desajuste. Por ejemplo, tenemos datos de que en Francia el 37% de las niñas asegura estar a dieta, las conversaciones sobre moda y peso ideal aparecen antes, las niñas son estimuladas constantemente por la televisión, las revistas juveniles, y van asumiendo con una naturalidad perversa su condición de objetos sexuales, van adquiriendo la creencia de que la sociedad las va a cotizar en función de lo atractivas que resulten para los hombres.

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