"Yo creo que la percepción del psicólogo ha cambiado ya notablemente. En los viejos tiempos, cuando tomaba un avión y le revelaba mi profesión a mi compañero de viaje, su tendencia era la de salir corriendo a otra fila. Ahora noto que la gente se arrima a mi"
(Martin Seligman)

martes, 8 de marzo de 2016

Seamos más lesbianas

Seamos más lesbianas.

Es mi propuesta inspirada por las idas y venidas de celebrar, conmemorar, señalar y cómo o como no, el día de la mujer trabajadora, lo que a mi juicio es una redundancia insultante. 
Mujer y trabajadora son sinónimos, aunque no aparezca así en el diccionario. Lo son, en todas las culturas y en todos los tiempos. Y además de eso, tenemos todo en común. Estoy más que convencida de que el machismo ha calado aprovechando las grietas, inmensas, entre nosotras: la otra está gorda o demasiado delgada, es ligera de cascos, se arregla mucho, se arregla poco, es mala madre,  no se cuida, calienta pollas, putón… la otra es una amenaza a la que hay que vigilar no sea que quiera quitarnos al macho de turno, la otra

La otra es una figura en sí misma con significado y personalidad propia.

Y mientras no entendamos que la otra no existe, porque la otra soy yo, con malestares de regla, con contradicciones, con inseguridad, con una autoestima de mierda, tratando de quererse y de crecer un poco, entonces, seguimos profundizando una grieta por donde caben todos los machismos del mundo.

Seamos más lesbianas. Propongo una mirada empática y amable hacia nosotras, las mujeres. Una mirada en la que seamos capaces de reconocernos en lugar de aislarnos, una mirada cómplice y respetuosa.

Propongo que eduquemos a nuestras hijas en el respeto hacia la amiga, no en la crítica. Que sean capaces de construirse un mundo lleno de mujeres red, mujeres fuertes, mujeres protagonistas de su propia historia.

Seamos más lesbianas. 

Olga Carmona

jueves, 1 de octubre de 2015

En defensa de la maternidad

No fui una de esas niñas que juegan con bebés y se van entrenando. 

Nunca me pronuncié sobre el número de hijos que iba a tener ni cuáles serían sus nombres.  Eso era algo que se me antojaba extremadamente lejano y también ajeno. A mi me interesaban mis amigas y más tarde mis novios, y millones de causas sociales, y la literatura ... siempre hice de la independencia mi hoja de ruta.

Viví en cada momento lo que me apeteció, dentro los límites que la vida impone. Llevé mi carrera hasta donde quise, me licencié, hice un par de masters del universo, viví sola, viví en piso compartido y también en pareja.  Leí, viajé, mucho y muy intensamente.

Mi deseo de ser madre vino de la mano del deseo de ese padre y así me entregué a ella, sin reservas, sin referentes, sin ideas preconcebidas , para descubrir una dimensión de la realidad inundada de sensaciones, emociones y aprendizajes que de ninguna otra manera hubiera descubierto.

Me hastían y hasta cabrean las féminas intelectualoides  que no dudan en asociar maternidad con simpleza, con estancamiento y hasta con embrutecimiento. No las culpo, la sociedad entera comparte el estereotipo y nos relega a lo menos productivo, a lo más básico de todo lo que puede llegar a conseguir una mujer.

Y les doy parte de la razón: LO MÁS BÁSICO, entendiendo básico como imprescindible, esencial , neurálgico, original, sustancial, vital, que es como lo define el diccionario, ergo, como base desde la cual todo se construye, como enorme útero de lo personal y lo social donde se gesta lo mejor y lo peor de un ser humano.

Quien no sabe, quien no conoce, tira por atajos cognitivos. Los estereotipos no son otra cosa, ahorros mentales que nos hacen creer que llegamos a una verdad verdadera con dos o tres elementos.

Señoras, soy una mujer inteligente, sin falsa modestia por reconocerlo, con una trayectoria vital compleja, repleta de experiencias de todo tipo que me hace confesar, como Neruda, que he vivido. 

La maternidad me ha supuesto un trampolín intelectual, un nutritivo alimento para crecer, unas gafas para ver un mundo mil veces más coloreado y extenso, una lucidez exquisita para distinguir entre lo accesorio y lo esencial, un mayor y más profundo conocimiento de la condición humana, me ha vuelto más empática, más solidaria, más generosa, más sabia, mejor persona mil veces. 

Me ha hecho conocer y sentir una dimensión desconocida del amor, al alcance sólo de quienes somos madres y me ha aportado un imprescindible sentido de vida, donde no cabe el vacío ni el aburrimiento existencial. Me importa un bledo de dónde venimos y a dónde vamos, siempre que mis hijos formen parte del viaje y yo sea esa espectadora vip de sus vidas.

Háganme un favor, no hablen de lo que no conocen. No caigan en esa lamentable demostración de ignorancia. La maternidad no embrutece ni relega, no es sacrificio ni dolor, no nos condena a dejar de ser mujeres, ni limita nuestra proyección social. La maternidad nos agranda en nuestra condición de mujeres, nos expande, nos enriquece, nos conecta con la vida como dadoras de ella que somos y nos convierte en alguien esencial y para siempre en la vida de otro. Incluso para aquellas que denigran la maternidad como si de algo castrante se tratara, la huella de sus madres vive en ellas y seguramente ahí encontrarían la respuesta a esa manera tan simplista de abrazar un estereotipo.

Olga Carmona


lunes, 10 de agosto de 2015

El niñito que quería pescar

* por Olga Carmona

"...Y el mundo está lleno de seres infelices, muertos vivientes que oscurecen  a quienes tienen cerca, incapaces de dar valor a lo bueno y aprovechar lo malo para aprender, personas a las que la vida les queda grande, como un regalo que no saben qué hacer con él...."
 


Tenía unos cuatro años  y quería pescar.

Estábamos en un río cristalino, fresco, en un paraje maravilloso de algún recóndito lugar de la sierra abulense.

La madre, mal encarada desde el principio, desde que llegó con sus dos pequeños, flacos, con caritas tristes, inhibidos para no enfadarla, para que no se desatara el monstruo que se intuía su rostro  y que ellos debían conocer mejor que a sí mismos.

El mayor, unos 6 años, de conducta intachable: no gritaba, no jugaba, estudiando cada uno de sus movimientos para no enfadar a mamá.

Pero el pequeño quería pescar. Y tras muchas horas esperando la  oportunidad de poder hacerlo, puesto que en su pequeño universo  las condiciones estaban dadas, empezó a verbalizar insistentemente que él quería pescar. Se empezaba a poner el sol y el niñito triste intuía sabiamente que se le llevarían de la mano, casi a rastras, sin darle explicación ni consuelo alguno.

Y entonces empezó a demandar: “es que yo quiero pescar”…

El monstruo que habitaba el alma de su madre encontró terreno abonado y emergió: “me tienes harta, no te soporto, eres horriblemente pesado, si  lo vuelves a decir no saldrás de casa mañana”,…

Pero el monstruo, una vez desatado, no se conforma con palabras:  le zarandeó, le pegó un azote en el culo y le obligó a sentarse en silencio... “Hago todo por ti y tu no agradeces nada”, “me paso la vida sacrificándome por vosotros y no reconocéis nada”, “no vas a pescar, ni hoy ni nunca, por pesado”.
Sentado en una piedra,  las lágrimas corriéndole por su pequeña carita, mirando hacía el agua del río dijo bajito:   …“yo quiero pescar”.

Mi hija de 6 años, testigo sereno de la tristeza del niño, se giró hacia a mí y me espetó: “¿qué le pasa a esa madre”?

Y la pregunta me retumba desde entonces tratando de entender, sin juicios, sin caer en simplismos reduccionistas y planos  sobre el bien y el mal, qué lleva a una madre a tratar con ese sadismo cotidiano y conocido a su propia cría.

Y, aún a riesgo de equivocarme, creo tener alguna respuesta: lo que yo vi, más allá de lo evidente,  fue a un  ser humano profundamente infeliz. Lo llevaba tatuado en el gesto, en el cuerpo, en la mirada.  Yo sé bien, que  ese veneno pringoso como alquitrán,  se contagia, se expande, intoxica todo aquello con lo que entra en contacto y especialmente a quienes se alimentan de ella para poder ser: sus hijos.

Y el mundo está lleno de seres infelices, muertos vivientes que oscurecen  a quienes tienen cerca, incapaces de dar valor a lo bueno y aprovechar lo malo para aprender, personas a las que la vida les queda grande, como un regalo que no saben qué hacer con él. Y esas personas traen a otras al mundo y les enseñan a vivir a través de su filtro empañado, perpetuando y engrosando las filas de un ejército de infelices,  que sin embargo, ocuparán lugares de responsabilidad y desempeñaran roles sociales importantes que a su vez harán más y más grande la ya gigantesca tela de araña de esta  inmensa mediocridad.

Sin embargo  a veces, sólo a veces, aparece un individuo, pequeño, flaco, frágil, anónimo,  que a pesar del dolor, a pesar la sumisión, a pesar de la absoluta indefensión, insiste:

 …“es que yo quiero pescar”.

Y yo siento que ese niñito, le devuelve la esperanza al mundo, en una sola frase.

lunes, 20 de abril de 2015

Niños diferentes



Soy la madre de un niño diferente.

Desde que nació ya percibimos que algo en él era distinto, pero preferimos pensar que sólo éramos unos padres inexpertos y asustados que veían rarezas por todas partes.

Pero no. A medida que pasaba el tiempo los síntomas aumentaban. Nuestro entorno nos miraba con una mezcla entre la compasión y el miedo.  Imagino que el hecho de que nosotros fuéramos psicólogos les hacía reprimir un consejo o una advertencia.  Los que nos tenían más confianza  llegaron a sugerirnos que lo valorase un profesional, que  nada en él parecía normal. Yo seguía aferrada a la necesidad de normalidad, yo quería creer que mi hijo era como todos los demás niños y que sólo era una cuestión de tiempo que llegara a normalizarse. 

El miedo a lo desconocido nos hace desear formar parte de lo normal como si ello fuera una garantía de felicidad o facilidad, o ambas.

Los problemas aumentaron al escolarizarle. Odiaba ir al cole. Su carácter cambió, se volvió un niño triste, enfadado, amargado. Y yo, con él. Hasta que decidí que mi cobardía no podía extenderse más, que la felicidad de mi hijo era la prioridad y que si no era normal, pues entonces habría que aceptarlo, establecer un diagnóstico  y habilitar los caminos, cuales fueran, para devolverle la alegría.

Así que, yo misma le pasé unas pruebas y ante el escalofriante resultado corrí al despacho de una profesional de reconocido prestigio para que me diera una segunda opinión.  Rosa Jové lo evaluó y ratificó mi diagnóstico.

Y ahí estábamos nosotros, con una nueva realidad (mentira, la realidad había existido siempre pero no tenía nombre) y una sensación a caballo entre el miedo, la incertidumbre y la ausencia de caminos. “Lo tenéis difícil” nos dijo Rosa Jové, “ahora empieza vuestra cruzada”.

Digerir, aceptar que nuestro hijo no es como los demás niños ni lo va a ser nunca, que el procesa y percibe la realidad de una forma distinta a como lo hace el resto del mundo, un mundo que no le entiende y al que él muchas veces tampoco comprende, un niño que percibe hostilidad, incomprensión, miradas de compasión, un niño que escucha como algunos adultos nos ofrecen palabras de apoyo o de pésame, un niño que me dice “mamá yo no puedo evitar ser como soy” y llora desconsoladamente abrazado a mí.

Mi hijo tiene necesidades educativas especiales que nadie sabe cubrir, que nadie conoce.

La ley le ampara pero la realidad no.

 El sistema lo percibe como incómodo y se lo tratan de sacar de encima con listas de espera interminables y parches académicos para taparnos la boca a su padre y a mi, que efectivamente, hemos iniciado una cruzada. Una pelea para que el sistema educativo y social de respuesta a la necesidad de cada niño, tenga este lo que tenga.  No sólo para los niños “normales” que están en el centro de la Campana de Gauss. 

Un niño es, por encima de todo, un niño. Tenga autismo, Asperger, Deficit de Atención, o Retraso. Un niño es más que eso, mucho más que eso y tiene el inalienable derecho a ser feliz y a ser atendido en su necesidad. Y nosotros, los padres, los profesores, los organismos públicos, la absoluta responsabilidad de hacer lo que haya que hacer para preservar la infancia, con independencia de los diagnósticos, pero atendiendo cada una de las demandas que cada niño pueda presentar.

Garantizar la alegría de  un niño debería ser ley, porque es nuestro mayor tesoro.

Si me has leído hasta aquí es porque seguramente crees que mi hijo tiene un déficit, una patología y has podido empatizar conmigo y seguramente también con él, entonces te lo puedo decir: mi hijo es superdotado. Pertenece a ese minúsculo 2% de la población que tiene el don de la inteligencia elevada a su máxima potencia. Ese pequeño y descuidado grupo de seres humanos que traen consigo un inmenso regalo que ofrecer y que sin embargo son tratados como marginales, complicados, raros y desadaptados.

Y yo quiero gritar a través de todos los medios a mi alcance que todo eso son estigmas asociados a lo desconocido y a lo envidiado. Quiero ofrecer una visión limpia y realistade la sobredotación y decirte que todas esas etiquetas forman parte de la profecía autocumplida: en un sistema donde todo lo que sobresalga es señalado con el dedo,  podemos sentir compasión por aquellos que no llegan, pero jamás por lo que vienen al mundo especialmente dotados. 

Quiero decirte que  necesitan tu comprensión, que son niños extremadamente sensibles, con un sentido de la justicia y la solidaridad excepcionales, que en un mundo ruidoso, injusto, mediocre y cruel para con lo diferente, necesitan apoyos extras para no sucumbir, para no tirar la toalla, para no llegar a creer que es mejor ser tan mediocre como sus profesores, como sus gobernantes.

Me he permitido esta pequeña trampa porque se que muchos de vosotros no me habríais leído de haber empezado por ahí y porque yo misma, he necesitado hacer un trabajo previo para poder “salir de este armario”, para no seguir ocultando la diferencia de mi hijo como si fuera algo de lo que avergonzarnos y decirle al mundo que hoy, en plena cruzada contra un mundo donde se hace apología de la mediocridad, donde lo bueno se confunde con lo mayoritario, donde el sistema educativo se niega a reciclarse porque en el fondo no cree poder dar la talla, digo, escribo y grito que soy la orgullosa madre de un niño que vino con un regalo, con un privilegio y con enorme  desafío para mi.

Doy gracias a la vida por ello.



Olga Carmona


miércoles, 25 de febrero de 2015

No te aguantes


* por Olga Carmona


La otra noche mientras preparaba la cena, mi hija me cuenta que  una niña de su clase había pedido ir al baño y se retrasó mucho en volver. La profesora, un poco alarmada, pidió a otra niña que fuera a ver que pasaba y ésta la encontró tumbada en el suelo del baño, durmiendo. 

Mi hija concluye: “eso está fatal mamá, eso está fatal, hay que aguantarse, hay que aguantarse el sueño, las ganas de ir hacer pis, el hambre… hay que aguantarse”.

Este jodido aprendizaje social que ella trajo a casa, incuestionado, definitivo, me hizo saltar las alarmas y me quedé pensando…La llamé y le dije: No, no te aguantes.

No aprendas con seis años a aguantar, a ir en contra de ti misma.

No cedas pedazos de ti por mandatos sociales que te agreden.

No aguantes hoy porque si lo aprendes, si lo normalizas, si te lo crees, mañana estarás dispuesta a aguantar a un marido que no te ama y cuida como mereces, a un jefe que te falta al respeto, a un amigo que te invade, a un novio que te ningunea, a un trabajo que no te hace feliz, a un hijo que te levanta la voz, a una madre que te dice lo que tienes que hacer… aguantarás al mundo y  sus reclamos en tu espalda y te volverás pequeña y te dolerá vivir.

Yo te engendré libre, te gesté libre y te estoy criando para que no aguantes al mundo.

Si la vida tiene algún sentido ese tiene que ver con el placer y con el amor, poco más.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Los 6 artículos más leídos del 2014...





En estas últimas horas del año, desde Psicología CEIBE os queremos agradecer, los minutos dedicados a leernos, a compartir nuestras reflexiones, a apoyarnos y regalarnos energía para seguir adelante.

Somos un proyecto humilde, con las visitas justas, pocos seguidores fieles, haciendo el ruido necesario, lejos de la polémica absurda, los gurús de lo correcto y el consejo diario obligado.

Por eso nos hace felices saber que estáis ahí, para a modo de viento llevar pocas pero buenas semillas con las que sembrar el futuro.

Mención especial a nuestros pacientes, a todos y cada uno de ellos. los que en persona o vía skype habéis confiado en nosotros para acompañaros en momentos y etapas vitales difíciles. Es un placer y un orgullo poder hacerlo. GRACIAS...

Os dejamos en este comienzo del 2015 con los 6 artículos más leídos en el blog, durante el año que ya muere.

Apología de la diferencia: Ya no quiero caer bien. por Olga Carmona

"...Mis hijos van descalzos y con los pies negros y se visten como les da su santa gana y sentido de la estética, que casi nunca coincide con el mío. Ellos me gritan en la calle que me quieren y los otros, los normales, se quedan ojipláticos y les entra una risa nerviosa, avergonzada..."

La maternidad que nos cura por Olga Carmona

"Yo mujer y madre, herida de guerra también, quiero acariciar con la palabra y felicitar a esas mujeres que han apostado por esta maternidad terapéutica, que confían en curar sus heridas por y con amor, que a través de una dolorosa conciencia de sus sombras han elegido un camino de crianza distinto al que tuvieron"

No me obedezcas por Olga Carmona

"...Sin embargo, yo  afirmo lo contrario: los hijos no deben obedecer, ni a sus padres ni a nadie.
Las personas no deben obedecer. Y por tanto no deben ser entrenadas para hacerlo, ni educadas en la obediencia..."

Sillas de pensar...para nosotros. por Olga Carmona

"...Educar requiere un máximo de paciencia, empatía y de creatividad. Requiere una intención voluntaria de desprogramarnos, requiere muchas veces una “silla de pensar” para nosotros..."

No me gustan los límites: La historia del palo y la zanahoria por Alejandro Busto Castelli

"...En este sentido creo firmemente en la autorregulación de los niños, ya que cuando están neurológica y psicológicamente preparados y encuentran el entorno donde desarrollarse en libertad, todo fluye y de verdad no hacen falta grandes recetas..."

El susurro de nuestra historia por Alejandro Busto Castelli

"...Y como el lector puede adivinar, nadie está libre del susurro de su historia, nadie se escapa de ese murmullo sórdido y agotador. Ni un juez de menores más o menos mediático, ni un popular pediatra vendedor de panfletos, ni los psicólogos/as televisivos armados con sus manuales científicos. Ni siquiera un tertuliano convertido en reformista ministro de educación. Ni uno solo se escapa..."


Hacer lo que el cuerpo y el alma os pida este 31 y mañana día 1... pero por sobre todas las cosas no perdáis la batalla de ser felices.

Un abrazo apretado y fuerte
Nos seguimos leyendo... y escuchando

Olga y Alejandro




jueves, 6 de noviembre de 2014

La maternidad que nos cura


* Por Olga Carmona

Y sin embargo, es preciso que haya canto. 
No puedo ser únicamente un grito.
Escuchad cómo lloran en vuestro interior las historias del pasado.
El terrible grano que siembran hace que maduren con cada poema las energías renovadas.   
L.Aragón.





Siempre hablamos de la necesidad de trabajar nuestras sombras para no proyectarlas sobre nuestros hijos, de la importancia de curar nuestras heridas para ejercer una maternidad lo más sana posible y no trasladar basuras que no les pertenecen a quienes más queremos.

Sin embargo, yo quiero hablar de la maternidad como la más potente de las fuentes de autoconocimiento, de motivación, de crecimiento personal, de transformación y también, claro que sí, de cura.

En mi día a día trabajo con mujeres cuya maternidad las ha salvado, en algunos casos, literalmente: están vivas gracias a ese cable a tierra que ha supuesto un hijo. Mujeres con heridas feroces, llenas de agujeros negros de desolación, con enormes faltas de amor primario, mujeres dependientes de la opinión del mundo, bloqueadas en muchas zonas de sí mismas, heridas, heridas en profundidad… han llegado  a la maternidad desde los lugares más diversos, a veces, sin ni siquiera quererlo y han encontrado en ella un desconcertante y arrollador amor que las ha inundado enteras, se han sentido plenas, han saboreado en silencio y con los ojos cerrados el amor incondicional, ese que les negaron desde antes de nacer.

La maternidad que cura nos rescata de la soledad y muchas veces, orienta el sentido de la vida.

Esas miradas límpias, inocentes, radicales en su emoción, tienen la habilidad de conectarse con lo más sano de nosotras mismas, nos vuelven generosas, nos obligan a sonreír, a cantar, a contener, recolocan y afirman nuestras prioridades, nos ejercitan en la paciencia, nos vuelve valientes, nos impulsan a cambiar.

La maternidad que cura nos descubre que la felicidad no era una utopía a la que no teníamos derecho, por lejana, por difícil, por inalcanzable. Ahora resulta que está ahí, en el día a día, en una mirada, en un abrazo, en una carita dormida, en un llanto consolado, en una pregunta llena de confianza, en una manita que te toca para dormirse, en hacer una trenza, en leer un cuento,  en ayudar con las tareas, en el te quiero más real, más honesto, más puro que nunca hayamos dicho y sobretodo el más inmenso que jamás hayamos escuchado.

La maternidad que cura nos hermana a todas en nuestra condición de mamíferas y nos recuerda que también, o sobre todo, somos instinto y fuerza, nos reconcilia con el cuerpo y con el género, nos enseña a amar desde la amorosa renuncia, crecemos.

Yo mujer y madre, herida de guerra también, quiero acariciar con la palabra y felicitar a esas mujeres que han apostado por esta maternidad terapéutica, que confían en curar sus heridas por y con amor, que a través de una dolorosa conciencia de sus sombras han elegido un camino de crianza distinto al que tuvieron, que tienen que reinventarse sin referentes, día a día, que muchas veces se quedan sin respuestas, que se equivocan, que se confrontan, que lloran y se duelen, pero dejan que el amor las guíe, que la maternidad las cure.

Transitamos por un camino sin señales ni indicaciones, improvisando en cada obstáculo, pero con una luz muy clara: el amor, que nos cura.

Olga Carmona

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