miércoles, 26 de octubre de 2016

Entendiendo a un hijo con Altas Capacidades

Últimamente se habla cada vez más de niños con Altas Capacidades, parece que la sociedad, los centros educativos y las familias, empiezan a tener  más conciencia de la existencia de estos niños y aunque estamos lejos, muy lejos de reconocer y aceptar  a ese mínimo porcentaje de la población infantil cuya inteligencia se sale de la normalidad, se van abriendo lentamente caminos que abogan por la detección temprana y exigen una respuesta a la demanda educativa que necesitan, tanto como el aire que respiran.

Ahora bien, cuando una familia recibe la noticia de que su hijo es Alta Capacidad se hace la siguiente pregunta “¿Y ahora qué ?

Si tenemos suerte, mucha suerte, el  Centro Educativo atenderá parcialmente las necesidades académicas, lo cual es necesario, pero no suficiente.  Queda por cubrir la parte más esencial de la vida de un niño con alta capacidad que es la psicoafectiva. Un superdotado que no es gestionado adecuadamente desde lo emocional está abocado a fracasar en lo cognitivo. El riesgo es sensiblemente más alto que en la población normal, porque son más vulnerables emocionalmente.

Un hijo con alta capacidad puede ser muy desestabilizador en el sistema familiar porque tiene necesidades afectivas y emocionales que la mayoría de los padres no entienden. Existe la creencia de que un superdotado es alguien que va sobrado de inteligencia y que no tiene que tener ningún tipo de problema ni académico ni psicológico. Esta es una creencia falsa que hace mucho daño en las familias que lo sufren y en la sociedad en general porque nada más lejos de la realidad.  Los superdotados piensan y sienten de forma distinta a los demás, su cerebro funciona de otra manera y no hay respuesta para esas familias que tienen que lidiar día a día con una situación confusa y muchas veces frustrante y dolorosa.

Vemos a los padres en consulta hacerse eco del vacío en el que se encuentran tras recibir el diagnostico, se preguntan y nos preguntan  ¿por qué lo cuestiona todo? ¿por qué reacciona de forma tan intensa? ¿por qué le cuesta tanto hacer las cosas cotidianas? ¿por qué a veces parece sordo o desobediente? ¿ por qué parece molestarle la ropa o los zapatos? ¿ por qué nunca parece cansado? ¿por qué suele estar solo en el recreo?... Es el reflejo de la confusión, el desconcierto y la impotencia de los padres que tienen que educar emocionalmente a un niño diferente y cuyo comportamiento puede llegar a resultar tan incomprensible como difícil de gestionar.

Es por ello que la adecuada  gestión emocional de un niño con Alta Capacidad es la piedra angular del bienestar del propio niño y de su entorno, de su éxito académico y vital, de su adaptación sin sometimiento a un mundo hecho  a la medida del percentil cincuenta,  en definitiva, de su felicidad. Y no podemos esperar que sea el colegio quien se ocupe de eso porque ni es su responsabilidad ni tienen la capacidad para hacerlo.

Lo primero que solemos sugerir a los padres cuando reciben un diagnóstico de Alta Capacidad es que se informen y que rompan con los estereotipos y prejuicios que hay en torno a ello,que son muchos y variados. Informarse es imprescindible para poder acercarnos a la realidad del hijo y desde ese lugar de entendimiento, poder apoyarle. 

Lo segundo que recomendamos es que revisen tanto sus expectativas como sus miedos, que traten de ver a su hijo tal y como es y que la vivencia de un niño superdotado debe ser de regalo y de desafío, no de dificultad o maldición. Esto se llama aceptación. Aceptar a mi hijo tal y como es, no como a mí me gustaría que fuera, es esencial para poder empatizar con él y darle aquello que  emocionalmente necesita.

Como padre o madre, mi actitud y mi forma de afrontar las dificultades del día a día , cambia radicalmente cuando entiendo y acepto porqué se comporta de determinada manera. Si cuando le hablo no me hace caso y yo sé que está absorto en una actividad determinada y que no me escucha porque no puede, no me enfado ni pienso que es un desobediente. Trataré de habilitar estrategias para llegar a él y ser escuchado.  

Saber cómo nuestro hijo piensa y siente al mundo trae de la mano la capacidad de empatizar con sus emociones y esto es, en sí mismo, una de las mayores fuentes de apoyo y autoestima que podemos ofrecerle. Pero también está la paciencia, la autoridad y sobre todo, la negociación.  La paciencia para no exigir ni esperar las reacciones , tiempos y respuestas que nos daría un niño normal. Paciencia para respetar que le moleste el pantalón y sólo quiera el chandal aunque vayamos a un cumpleaños, paciencia para esperar a que termine una actividad en la está inmerso aunque se enfríe la comida, paciencia para manejar el caos de su mochila y sus tareas escolares, paciencia para que una instrucción nuestra sea atendida y entendida. Y paciencia no significa dejar de pedirle que haga lo que es necesario hacer. Hablo de entender que su diferencia le dificulta sobremanera hacer todas estas cosas tan habituales para los niños normotípicos, pero no para un niño superdotado donde su hemisferio cerebral derecho dirige de forma dominante su comportamiento. Es muy fácil asumir y entender esto cuando hablamos de niños con déficits, rápidamente empatizamos y somos pacientes, pero parece que cuesta mucho verlo con los presuntamente “sobrados” de capacidad.

Un niño superdotado cuestiona la autoridad por definición. Sólo la reconocerá si ésta es explicada y tiene sentido para él.  Del binomio Autoritas vs Potestas,  sólo aceptarán la primera, es decir, el liderazgo construido desde la honestidad (conmigo mismo, con él y con los demás), la coherencia (cumplo lo que digo), y la integridad (lo que hago, digo y siento están alineados).  Nada más ofensivo para un niño superdotado que recibir un “porque yo lo digo" , esto será vivido como una agresión incomprensible de la que muy probablemente se defenderá mediante  una  actitud desafiante.  
Lo eficaz es la negociación y la explicación real del porqué pido lo que pido, porque su inteligencia se convierte entonces en aliada y dado que son capaces de comprender conceptos y razones que los niños normales de su edad no entenderían, es más que probable que acepten de buen grado lo que se les está pidiendo. 
Ayudarles a que verbalicen lo que sienten sin hacer juicios sobre lo adecuado de su intensidad; 

Apoyarles  a vivir su diferencia como algo positivo con ventajas y también con dificultades;  

No caer en la sobreprotección  empujados por su hipersensibilidad y su enorme frustración, pero tampoco dejarlos naufragar sin herramientas en un mundo donde les cuesta encajar;


Y alejarnos del paradigma premio – castigo para abogar por un modelo de crianza y educación basado en las emociones, el respeto, la comunicación, la confianza  y el amor incondicional, son las bases para dar a estos niños un referente de contención que les permita construir una autoestima sólida y desplegar así su inmenso potencial en beneficio propio y posiblemente de toda la sociedad. 

Olga Carmona

miércoles, 19 de octubre de 2016

Síndrome de la progenitora tóxica: ¿por qué mi madre no me quiere?

“No es fácil encontrar la felicidad en nosotros mismos, y no es posible encontrarla en ningún otro lugar”.  Agnes Repplier.



Es un tabú de nuestra sociedad aceptar que hay madres que no quieren a sus hijas, pero es más real y frecuente de lo que nos gustaría reconocer. Como todo aquello que nos resulta difícil de aceptar y digerir, tendemos a negarlo. Pero existen,  vemos a sus víctimas en consulta, peleando por llenar un agujero negro de infelicidad que arrastran desde la infancia y que en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera es consciente, porque duele nombrarlo.
La madre tóxica es una mujer que ha llegado a la maternidad por caminos poco deseables, por convencionalismos, porque así estaba diseñado su guión de vida, porque eso es lo que de ellas se esperaba. Renegar de la maternidad o simplemente ejercer el derecho a no serlo, no era ni es algo aprobado por la sociedad. Aquellas mujeres que han decidido libre y abiertamente no ser madres han sido miradas con recelo y suspicacia por la mayoría de su entorno. Siempre. Incluso ahora. Hablamos de una minoría valiente y coherente que decidió por si misma cual era su voluntad y su camino. Muchas otras sin embargo, aceptaron  gestar , parir y criar como algo inevitable. No  es tan extraño entender, que algunas de aquellas hijas, no solo no fueran amadas incondicionalmente, sino percibidas como una molestia, un obstáculo, una rival e incluso una proyección de aquello que ellas hubieran querido ser.

Se trata en la mayoría de los casos de mujeres muy narcisistas o infantilizadas, que nunca asumieron el rol de madre y que siguen filtrando el mundo a través de su necesidad y su deseo.  Otras, son mujeres amargadas, cuya vida no se parece en nada a lo que esperaban, profundamente infelices, que usan de chivo expiatorio a sus hijas proyectando en ellas el foco de su insatisfacción. Hay diferentes formas de madres tóxicas, pero todas incluyen la culpa, la manipulación, la crítica cruel, la humillación, la falta de empatía, el egocentrismo puro. Son madres que hacen saber a sus hijas que no están a la altura de lo que se espera de ellas, envidian sus éxitos, recelan su necesidad de independencia, rivalizan con ellas en un patológico escenario vital donde la víctima ni siquiera sabe que lo es.

La madre que no ama, despliega su toxicidad de diferentes formas, así nos encontramos con madres que envidian a sus hijas y tratan  de anularlas, madres que sobreprotegen y absorben excesivamente para tratar de evitar el sentimiento de culpa por no haber deseado tener ese hijo, madres centradas únicamente en “la fachada” que exigen a sus hijas que encajen en un molde que ellas mismas han diseñado para  exhibirse, madres que utilizan la enfermedad y el victimismo como principal estrategia de manipulación, madres dependientes que invierten los roles y hacen que sus hijas sean quienes se ocupen  de su bienestar físico y emocional y madres que, por desgracia, encajarían en varios de estos guiones de película de terror.

La mayoría de las niñas que han sido criadas por este tipo de mujeres no son capaces de entender que toda su inseguridad, falta de autoestima, necesidad de aprobación, autoexigencia brutal, dificultad para la intimidad emocional y vacío profundo, procede de la falta de amor primario. Asumir que tu propia madre no te quiso y no te quiere es uno de los procesos psicológicos y emocionales más difíciles de superar y con consecuencias devastadoras en todos los órdenes de la vida. A esta indefensión crónica hay que sumarle la incomprensión de los otros, una sociedad dispuesta a mirar para otro lado ante una realidad tan antinatural. Aquellas mujeres que fueron criadas por estas madres tóxicas llegan a dudar hasta de su propia salud mental porque a años de maltrato emocional, de tortura psicológica, hay que sumarle el silencio y la falta de apoyos.  Ya sabemos a día de hoy en base a los numerosos estudios que se han hecho, que la falta de amor parental crea estructuras psíquicas desorganizadas que afectan a muchas áreas de la personalidad. El rechazo y la falta de amor materno produce un estado crónico de avidez afectiva y un miedo patológico al abandono.
Durante su infancia tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación de su madre lo que derivará en una adulta que tratará por todos los medios de ganarse la atención y la aprobación del mundo. No se sentirá digna de ser querida, habrá aprendido que su valor está en lo que hace no en lo que es, la fragilidad y la inseguridad serán compañeras de viaje y, con frecuencia, pasará este perverso legado a sus hijos, cronificando así el círculo de la infelicidad y la dependencia.

Hay muchos ejemplos conocidos de personas que aunque han alcanzado éxitos sociales, laborales, económicos, y exponen al mundo una fachada impecable de éxito vital, son muertos vivientes poniendo toda su energía en llenar el abismo afectivo que llevan dentro; en nuestro día a día estamos rodeados de personas que tratan en vano de llenar ese vacío (que llamamos existencial, aunque realmente es afectivo) por los caminos más diversos, pero naufragando en lo personal con profundos sentimientos de vacío y soledad que produce la incapacidad para amar y ser amados.

Sin embargo hay salida. Es imprescindible decirles a esas mujeres, que la niña dañada que llevan dentro y parece dirigir su vida, puede ser sanada. Como psicóloga que acompaño a muchas de estas mujeres, no creo en el determinismo y abogo por la capacidad resiliente que habita en cada ser humano. Tenemos el don de la libertad y la capacidad intrínseca para tomar el control de nuestra propia vida. Para ello es necesario tomar conciencia y poner nombre a aquello que nos dañó por difícil y brutal que esto sea. Y es imprescindible hacer un duelo: despedirnos definitivamente de la madre que no tuvimos, que ya no vamos a tener y no seguir buscando con manotazos de ahogado maneras infructuosas de compensar ese oscuro hueco. Asumir sin culpa alguna que la madre no se elige y que venimos al mundo programados para amar a quien nos toque para maternarnos.  Tomar la decisión interna de poner distancia emocional y física de la mujer que no supo querernos y sobre todo, hacer  del intento de no traspasar la herida a nuestras hijas, un objetivo vital, una cruzada.

Olga Carmona



Artículo publicado en EL PAIS el 10 de octubre de 2016.

viernes, 16 de septiembre de 2016

El largo viaje de la paternidad

El siguiente articulo fue publicado originalmente en la revista 
"Crecer en Familia" Nº 28 de Marzo/Abril 2014
Ver ficha de la revista AQUI




Tu sonrisa se hizo el pan con dulce de mis
mañanas. Todavía no sé nombrar este
amor que me desarma. Cuando te veo
así, panzón y filibustero, lo único que me
importa, ahora sí, es llegar a viejo.

Iván Noble “Bienvenito”


Serían cerca de las cinco de la tarde, de un día cualquiera del año pasado. Me recuerdo caminando sereno por los patios del colegio, como cada día, con la intención de recoger a mis hijos en sus respectivas aulas. 

Al acercarme a la clase de mi hija, observé a un hombre charlar con la maestra.
Sostenía la manita de una niña de unos 4 años. Un padre, una profe, sonrisas, complicidad, un hasta mañana. Una escena cada vez más habitual en la salida y entrada del colegio de mis hijos.

Somos muchos –quizá todavía en franca minoría-, los que entre padres, madres y cuidadoras llevamos y recogemos a nuestros niños y niñas en los coles. Una escena no tan frecuente, sin ir más lejos, diez años atrás; me saludan, intercambiamos una sonrisa y la complicidad de sabernos parte de una generación que, por lo menos, está intentando hacer las cosas diferentes en relación a
nuestra presencia en la educación de nuestros hijos. Y aunque no conozco sus nombres, a veces en un traje o en su ropa, a veces en la prisa o tal vez en los papeles que sueltan en el coche, intuyo sus profesiones, sus vidas y sus preocupaciones. Probablemente porque nos parecemos mucho; quizá porque las suyas no estén tan lejos de las mías. O, ¿tal vez sí?

martes, 8 de marzo de 2016

Seamos más lesbianas

Seamos más lesbianas.

Es mi propuesta inspirada por las idas y venidas de celebrar, conmemorar, señalar y cómo o como no, el día de la mujer trabajadora, lo que a mi juicio es una redundancia insultante. 
Mujer y trabajadora son sinónimos, aunque no aparezca así en el diccionario. Lo son, en todas las culturas y en todos los tiempos. Y además de eso, tenemos todo en común. Estoy más que convencida de que el machismo ha calado aprovechando las grietas, inmensas, entre nosotras: la otra está gorda o demasiado delgada, es ligera de cascos, se arregla mucho, se arregla poco, es mala madre,  no se cuida, calienta pollas, putón… la otra es una amenaza a la que hay que vigilar no sea que quiera quitarnos al macho de turno, la otra

La otra es una figura en sí misma con significado y personalidad propia.

Y mientras no entendamos que la otra no existe, porque la otra soy yo, con malestares de regla, con contradicciones, con inseguridad, con una autoestima de mierda, tratando de quererse y de crecer un poco, entonces, seguimos profundizando una grieta por donde caben todos los machismos del mundo.

Seamos más lesbianas. Propongo una mirada empática y amable hacia nosotras, las mujeres. Una mirada en la que seamos capaces de reconocernos en lugar de aislarnos, una mirada cómplice y respetuosa.

Propongo que eduquemos a nuestras hijas en el respeto hacia la amiga, no en la crítica. Que sean capaces de construirse un mundo lleno de mujeres red, mujeres fuertes, mujeres protagonistas de su propia historia.

Seamos más lesbianas. 

Olga Carmona

jueves, 1 de octubre de 2015

En defensa de la maternidad

No fui una de esas niñas que juegan con bebés y se van entrenando. 

Nunca me pronuncié sobre el número de hijos que iba a tener ni cuáles serían sus nombres.  Eso era algo que se me antojaba extremadamente lejano y también ajeno. A mi me interesaban mis amigas y más tarde mis novios, y millones de causas sociales, y la literatura ... siempre hice de la independencia mi hoja de ruta.

Viví en cada momento lo que me apeteció, dentro los límites que la vida impone. Llevé mi carrera hasta donde quise, me licencié, hice un par de masters del universo, viví sola, viví en piso compartido y también en pareja.  Leí, viajé, mucho y muy intensamente.

Mi deseo de ser madre vino de la mano del deseo de ese padre y así me entregué a ella, sin reservas, sin referentes, sin ideas preconcebidas , para descubrir una dimensión de la realidad inundada de sensaciones, emociones y aprendizajes que de ninguna otra manera hubiera descubierto.

Me hastían y hasta cabrean las féminas intelectualoides  que no dudan en asociar maternidad con simpleza, con estancamiento y hasta con embrutecimiento. No las culpo, la sociedad entera comparte el estereotipo y nos relega a lo menos productivo, a lo más básico de todo lo que puede llegar a conseguir una mujer.

Y les doy parte de la razón: LO MÁS BÁSICO, entendiendo básico como imprescindible, esencial , neurálgico, original, sustancial, vital, que es como lo define el diccionario, ergo, como base desde la cual todo se construye, como enorme útero de lo personal y lo social donde se gesta lo mejor y lo peor de un ser humano.

Quien no sabe, quien no conoce, tira por atajos cognitivos. Los estereotipos no son otra cosa, ahorros mentales que nos hacen creer que llegamos a una verdad verdadera con dos o tres elementos.

Señoras, soy una mujer inteligente, sin falsa modestia por reconocerlo, con una trayectoria vital compleja, repleta de experiencias de todo tipo que me hace confesar, como Neruda, que he vivido. 

La maternidad me ha supuesto un trampolín intelectual, un nutritivo alimento para crecer, unas gafas para ver un mundo mil veces más coloreado y extenso, una lucidez exquisita para distinguir entre lo accesorio y lo esencial, un mayor y más profundo conocimiento de la condición humana, me ha vuelto más empática, más solidaria, más generosa, más sabia, mejor persona mil veces. 

Me ha hecho conocer y sentir una dimensión desconocida del amor, al alcance sólo de quienes somos madres y me ha aportado un imprescindible sentido de vida, donde no cabe el vacío ni el aburrimiento existencial. Me importa un bledo de dónde venimos y a dónde vamos, siempre que mis hijos formen parte del viaje y yo sea esa espectadora vip de sus vidas.

Háganme un favor, no hablen de lo que no conocen. No caigan en esa lamentable demostración de ignorancia. La maternidad no embrutece ni relega, no es sacrificio ni dolor, no nos condena a dejar de ser mujeres, ni limita nuestra proyección social. La maternidad nos agranda en nuestra condición de mujeres, nos expande, nos enriquece, nos conecta con la vida como dadoras de ella que somos y nos convierte en alguien esencial y para siempre en la vida de otro. Incluso para aquellas que denigran la maternidad como si de algo castrante se tratara, la huella de sus madres vive en ellas y seguramente ahí encontrarían la respuesta a esa manera tan simplista de abrazar un estereotipo.

Olga Carmona


lunes, 10 de agosto de 2015

El niñito que quería pescar

* por Olga Carmona

"...Y el mundo está lleno de seres infelices, muertos vivientes que oscurecen  a quienes tienen cerca, incapaces de dar valor a lo bueno y aprovechar lo malo para aprender, personas a las que la vida les queda grande, como un regalo que no saben qué hacer con él...."
 


Tenía unos cuatro años  y quería pescar.

Estábamos en un río cristalino, fresco, en un paraje maravilloso de algún recóndito lugar de la sierra abulense.

La madre, mal encarada desde el principio, desde que llegó con sus dos pequeños, flacos, con caritas tristes, inhibidos para no enfadarla, para que no se desatara el monstruo que se intuía su rostro  y que ellos debían conocer mejor que a sí mismos.

El mayor, unos 6 años, de conducta intachable: no gritaba, no jugaba, estudiando cada uno de sus movimientos para no enfadar a mamá.

Pero el pequeño quería pescar. Y tras muchas horas esperando la  oportunidad de poder hacerlo, puesto que en su pequeño universo  las condiciones estaban dadas, empezó a verbalizar insistentemente que él quería pescar. Se empezaba a poner el sol y el niñito triste intuía sabiamente que se le llevarían de la mano, casi a rastras, sin darle explicación ni consuelo alguno.

Y entonces empezó a demandar: “es que yo quiero pescar”…

El monstruo que habitaba el alma de su madre encontró terreno abonado y emergió: “me tienes harta, no te soporto, eres horriblemente pesado, si  lo vuelves a decir no saldrás de casa mañana”,…

Pero el monstruo, una vez desatado, no se conforma con palabras:  le zarandeó, le pegó un azote en el culo y le obligó a sentarse en silencio... “Hago todo por ti y tu no agradeces nada”, “me paso la vida sacrificándome por vosotros y no reconocéis nada”, “no vas a pescar, ni hoy ni nunca, por pesado”.
Sentado en una piedra,  las lágrimas corriéndole por su pequeña carita, mirando hacía el agua del río dijo bajito:   …“yo quiero pescar”.

Mi hija de 6 años, testigo sereno de la tristeza del niño, se giró hacia a mí y me espetó: “¿qué le pasa a esa madre”?

Y la pregunta me retumba desde entonces tratando de entender, sin juicios, sin caer en simplismos reduccionistas y planos  sobre el bien y el mal, qué lleva a una madre a tratar con ese sadismo cotidiano y conocido a su propia cría.

Y, aún a riesgo de equivocarme, creo tener alguna respuesta: lo que yo vi, más allá de lo evidente,  fue a un  ser humano profundamente infeliz. Lo llevaba tatuado en el gesto, en el cuerpo, en la mirada.  Yo sé bien, que  ese veneno pringoso como alquitrán,  se contagia, se expande, intoxica todo aquello con lo que entra en contacto y especialmente a quienes se alimentan de ella para poder ser: sus hijos.

Y el mundo está lleno de seres infelices, muertos vivientes que oscurecen  a quienes tienen cerca, incapaces de dar valor a lo bueno y aprovechar lo malo para aprender, personas a las que la vida les queda grande, como un regalo que no saben qué hacer con él. Y esas personas traen a otras al mundo y les enseñan a vivir a través de su filtro empañado, perpetuando y engrosando las filas de un ejército de infelices,  que sin embargo, ocuparán lugares de responsabilidad y desempeñaran roles sociales importantes que a su vez harán más y más grande la ya gigantesca tela de araña de esta  inmensa mediocridad.

Sin embargo  a veces, sólo a veces, aparece un individuo, pequeño, flaco, frágil, anónimo,  que a pesar del dolor, a pesar la sumisión, a pesar de la absoluta indefensión, insiste:

 …“es que yo quiero pescar”.

Y yo siento que ese niñito, le devuelve la esperanza al mundo, en una sola frase.

lunes, 20 de abril de 2015

Niños diferentes



Soy la madre de un niño diferente.

Desde que nació ya percibimos que algo en él era distinto, pero preferimos pensar que sólo éramos unos padres inexpertos y asustados que veían rarezas por todas partes.

Pero no. A medida que pasaba el tiempo los síntomas aumentaban. Nuestro entorno nos miraba con una mezcla entre la compasión y el miedo.  Imagino que el hecho de que nosotros fuéramos psicólogos les hacía reprimir un consejo o una advertencia.  Los que nos tenían más confianza  llegaron a sugerirnos que lo valorase un profesional, que  nada en él parecía normal. Yo seguía aferrada a la necesidad de normalidad, yo quería creer que mi hijo era como todos los demás niños y que sólo era una cuestión de tiempo que llegara a normalizarse. 

El miedo a lo desconocido nos hace desear formar parte de lo normal como si ello fuera una garantía de felicidad o facilidad, o ambas.

Los problemas aumentaron al escolarizarle. Odiaba ir al cole. Su carácter cambió, se volvió un niño triste, enfadado, amargado. Y yo, con él. Hasta que decidí que mi cobardía no podía extenderse más, que la felicidad de mi hijo era la prioridad y que si no era normal, pues entonces habría que aceptarlo, establecer un diagnóstico  y habilitar los caminos, cuales fueran, para devolverle la alegría.

Así que, yo misma le pasé unas pruebas y ante el escalofriante resultado corrí al despacho de una profesional de reconocido prestigio para que me diera una segunda opinión.  Rosa Jové lo evaluó y ratificó mi diagnóstico.

Y ahí estábamos nosotros, con una nueva realidad (mentira, la realidad había existido siempre pero no tenía nombre) y una sensación a caballo entre el miedo, la incertidumbre y la ausencia de caminos. “Lo tenéis difícil” nos dijo Rosa Jové, “ahora empieza vuestra cruzada”.

Digerir, aceptar que nuestro hijo no es como los demás niños ni lo va a ser nunca, que el procesa y percibe la realidad de una forma distinta a como lo hace el resto del mundo, un mundo que no le entiende y al que él muchas veces tampoco comprende, un niño que percibe hostilidad, incomprensión, miradas de compasión, un niño que escucha como algunos adultos nos ofrecen palabras de apoyo o de pésame, un niño que me dice “mamá yo no puedo evitar ser como soy” y llora desconsoladamente abrazado a mí.

Mi hijo tiene necesidades educativas especiales que nadie sabe cubrir, que nadie conoce.

La ley le ampara pero la realidad no.

 El sistema lo percibe como incómodo y se lo tratan de sacar de encima con listas de espera interminables y parches académicos para taparnos la boca a su padre y a mi, que efectivamente, hemos iniciado una cruzada. Una pelea para que el sistema educativo y social de respuesta a la necesidad de cada niño, tenga este lo que tenga.  No sólo para los niños “normales” que están en el centro de la Campana de Gauss. 

Un niño es, por encima de todo, un niño. Tenga autismo, Asperger, Deficit de Atención, o Retraso. Un niño es más que eso, mucho más que eso y tiene el inalienable derecho a ser feliz y a ser atendido en su necesidad. Y nosotros, los padres, los profesores, los organismos públicos, la absoluta responsabilidad de hacer lo que haya que hacer para preservar la infancia, con independencia de los diagnósticos, pero atendiendo cada una de las demandas que cada niño pueda presentar.

Garantizar la alegría de  un niño debería ser ley, porque es nuestro mayor tesoro.

Si me has leído hasta aquí es porque seguramente crees que mi hijo tiene un déficit, una patología y has podido empatizar conmigo y seguramente también con él, entonces te lo puedo decir: mi hijo es superdotado. Pertenece a ese minúsculo 2% de la población que tiene el don de la inteligencia elevada a su máxima potencia. Ese pequeño y descuidado grupo de seres humanos que traen consigo un inmenso regalo que ofrecer y que sin embargo son tratados como marginales, complicados, raros y desadaptados.

Y yo quiero gritar a través de todos los medios a mi alcance que todo eso son estigmas asociados a lo desconocido y a lo envidiado. Quiero ofrecer una visión limpia y realistade la sobredotación y decirte que todas esas etiquetas forman parte de la profecía autocumplida: en un sistema donde todo lo que sobresalga es señalado con el dedo,  podemos sentir compasión por aquellos que no llegan, pero jamás por lo que vienen al mundo especialmente dotados. 

Quiero decirte que  necesitan tu comprensión, que son niños extremadamente sensibles, con un sentido de la justicia y la solidaridad excepcionales, que en un mundo ruidoso, injusto, mediocre y cruel para con lo diferente, necesitan apoyos extras para no sucumbir, para no tirar la toalla, para no llegar a creer que es mejor ser tan mediocre como sus profesores, como sus gobernantes.

Me he permitido esta pequeña trampa porque se que muchos de vosotros no me habríais leído de haber empezado por ahí y porque yo misma, he necesitado hacer un trabajo previo para poder “salir de este armario”, para no seguir ocultando la diferencia de mi hijo como si fuera algo de lo que avergonzarnos y decirle al mundo que hoy, en plena cruzada contra un mundo donde se hace apología de la mediocridad, donde lo bueno se confunde con lo mayoritario, donde el sistema educativo se niega a reciclarse porque en el fondo no cree poder dar la talla, digo, escribo y grito que soy la orgullosa madre de un niño que vino con un regalo, con un privilegio y con enorme  desafío para mi.

Doy gracias a la vida por ello.



Olga Carmona


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