"Yo creo que la percepción del psicólogo ha cambiado ya notablemente. En los viejos tiempos, cuando tomaba un avión y le revelaba mi profesión a mi compañero de viaje, su tendencia era la de salir corriendo a otra fila. Ahora noto que la gente se arrima a mi"
(Martin Seligman)

miércoles, 28 de mayo de 2014

En la educación está la diferencia

*Por Olga Carmona

"La no violencia lleva a la más alta ética, lo cual es la meta de la evolución. Hasta que no cesemos de dañar a otros seres vivos, somos aún salvajes" Thomas Edison




El otro día mientras preparaba la cena aparecen en la cocina mis hijos y una vecina de su misma edad con un pajarillo muerto en las manos. Se les veía claramente excitados. Querían saber si efectivamente estaba muerto o había alguna posibilidad. Lo miré con cierta angustia y efectivamente el pichón estaba aún caliente, pero muerto. Mi madre, que andaba cerca, lo cogió e hizo ademán de quitárselo a los niños y tirarlo a la basura. Ellos abrieron la boca entre el horror y la sorpresa. Yo me interpuse. Les devolví el pichón envuelto en una servilleta de papel y les dije que esperasen fuera un ratito que en seguida encontraríamos un lugar donde enterrarle y hacerle un ritual de despedida. Eso les tranquilizó y salieron cual soldados con la misión más importante de su vida. Lo pusieron con delicadeza en el suelo y se sentaron con gesto trascendente, cerquita de él, cuidándolo mientras me esperaban.

De pronto escuché una llamada angustiada de la amiga de ellos y el llanto de mi hija. Salgo y me dicen entre sollozos que un niño, más mayor que ellos, ha llegado y lo ha pisoteado. Veo el animalito flotando en sangre. El horror en los ojos de los otros. Y mi mala ostia subiendo por la garganta. Le increpé al grandullón preguntándole porqué había hecho eso. Me contestó que porqué no, si estaba muerto, que ya daba igual. No, no da igual. No da igual carajo, no. Y se lo dije, le hablé del respeto a la vida y también a la muerte. Le hablé de tratar con dignidad a los otros, le hablé de la compasión y la empatía. Le hablé del desprecio.

viernes, 25 de abril de 2014

No me gustan los limites: La historia del palo y la zanahoria

*Por Alejandro Busto Castelli

Quiero agradecer especialmente a la periodista venezolana, Berna Iskandar de "Conoce mi mundo", que me sugirió escribir sobre el tema e inspiró a través de sus preguntas, la gran mayoría de las reflexiones de este artículo.


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Cada día de nuestra vida, argumentamos, defendemos, explicamos o compartimos nuestra cotidianidad a través del lenguaje, de las palabras con las que construimos sin duda nuestra realidad. Desde lo más superficial hasta lo más esencial nuestro mundo cabalga a lomos de cada palabra que usamos, heredada o no, prestada o no, tal vez aprendida o incluso creativamente inventada.

Y así nos embarcamos en extrañas travesías diarias, donde ni uno solo de estos curiosos caballos que nos permiten avanzar, resulta gratis. Ninguno es casual. Quizá por eso me parece importante reflexionar sobre ellas.

En relación a la crianza y educación infantil, en mi trabajo diario con padres y madres, en mi vida como padre, aparece de forma machacona una palabra. A veces en boca de un profesional contrastado, en boca de un gurú de nuevo cuño, en el llamativo título de un libro, en una charla en el andén del metro….

Limites…

Es curioso, porque como por arte de magia a veces las palabras se encadenan. Y unas no viven sin otras. 
Sin saber muy bien su significado y glorificando nuestra más oscura mediocridad, cada vez que por ejemplo decimos “calidad”, nos vemos obligados a decir en la frase siguiente “cantidad”… y si decimos “limites”, tendremos que añadir para parecer que sabemos.. “los niños necesitan…”

La palabra límite crea en los sistemas familiares una realidad constante. La razón de ser de esta palabra tiene que ver con su origen latín, “limes” usado por los romanos para expresar  una línea real o imaginaria, una frontera que separa dos cosas. ¿A quién y de que separan los limites en educación y crianza?

Definitivamente la palabreja no me gusta y menos el uso que se hace de ella, desde algunos sectores de la psicopedagogía, en una cantinela aburrida sobre los “limites” que debemos poner a los niños.

Ahora bien, teniendo esto en cuenta, mi visión es que desde el punto de vista de la educación emocional es fundamental clarificar con argumentos cual es el marco de juego de un sistema. Un marco de juego que lo es, en esencia para todos los integrantes del mismo, sean niños o adultos.

Como líneas generales más que obvias, este marco de juego debería girar en torno a la no violencia, la gestión de emociones como la ira, la rabia o la tristeza, el cuidado individual y del otro, la integridad física y emocional. Si a esto le queremos llamar limites, por mi está bien. Pero negociemos de lo que estamos hablando.

No le debes gritar  a tu hermano, porque en este sistema ninguno de sus integrantes grita, porque ese es el acuerdo, el marco en el que nos movemos y porque en él nos sentimos emocionalmente equilibrados y respetados. Y cuando alguien lo hace, porque no ha sabido o podido hacerlo mejor, claramente está faltando al grupo y al acuerdo puesto en común. Cada uno desde su lugar, desde su pequeño o gran mundo, necesita realizar un aprendizaje en este sentido y asumir las consecuencias emocionales que sus actos o dichos tienen sobre el resto.

Así que establecer este marco de juego como padres, resulta de vital importancia, del punto de vista del desarrollo de los niños y adultos enmarcados dentro de un determinado sistema familiar.

Tengo muchas dudas respecto a que cuando se habla de limites desde ciertos sectores pretendidamente inocuos, blancos y puros, se esté haciendo desde ese lugar que toma en cuenta al niño, que empatiza con él, que negocia y termina por asumir su propia responsabilidad en el desarrollo del marco relacional del que estábamos hablando.

jueves, 27 de marzo de 2014

No me obedezcas


por Olga Carmona

“La libertad es la obediencia a la ley que uno mismo se ha trazado”. Jean Jacques Rousseau




El otro día recibí una amable invitación para asistir a una charla para padres con el pretendidamente simpático nombre: “La obediencia: esa gran desconocida”.

Seguramente la mente “preclara” de quien le puso ese título pensó que a los padres nos iba a hacer una gracia enorme porque nos sentiríamos rápidamente identificados con la falta de obediencia de nuestros hijos, porque a fin de cuentas, partimos de una premisa incuestionable: los hijos deben obedecer a sus padres.

¿Porqué? Porque son sus padres; tautología absurda que nuestra cultura ha heredado básicamente de la religión cristiana y que tiene como fundamento el agradecimiento a quien nos dio la vida. El resto de la creencia se sostiene en la otra premisa incuestionable: por tu propio bien.

Sin embargo, yo  afirmo lo contrario: los hijos no deben obedecer, ni a sus padres ni a nadie.
Las personas no deben obedecer. Y por tanto no deben ser entrenadas para hacerlo, ni educadas en la obediencia.

El Diccionario de la Real Academia Española, define obedecer de la siguiente manera: “Cumplir la voluntad de quien manda”.
Y buceando en el significado etimológico del término encuentro sin sorpresa que  “obedecer” viene del latín “oboedescere der. De oboedire: cumplir la voluntad de quien manda.

Ambos significados implican hacer lo que el otro (padre, madres, jefes, profesores, etc.) te digan, ser lo que otros pretendan que seas.

Obedecer significa no cuestionar, implica la  forma de ceguera más peligrosa y humillante: tu no existes, tu criterio no importa, tu sentir no importa,  sólo ejecuta lo que yo digo y así obtendrás mi permiso para existir.

Si yo quiero educar a mis hijos para que sean seres humanos con criterio propio, sólida autoestima, capacidad de elección y decisión, en definitiva LIBRES, no puedo educar en la obediencia, es una contradicción pura. Y no puedo tampoco enviar el mensaje de “obedece a tus padres, pero no a los demás”: es esquizofrénico.

Y no digo que sea fácil educar en la no obediencia, digo que es imprescindible.

jueves, 30 de enero de 2014

Sillas de pensar... para nosotros...

por Olga Carmona

"... Papá...Si tú te enfadas cada vez que hago algo mal, entonces solo aprenderé cosas de agredir..."  Nicolás (6 años) 


A la hora de valorar que hacer frente a un “mal comportamiento” de un niño o niña,  invito a una primera reflexión sobre si lo ocurrido es un mal comportamiento y para quien, y después planteo no quedarnos solo en cómo intervenir para enseñarles la forma adecuada de resolver un conflicto, sino ir más allá y tratar de entender porqué se provocó y qué está detrás de un mal comportamiento.

Y digo esto porque detrás de algunas “malas” conductas lo que hay es simplemente una falta de herramientas y/o de información que hubieran permitido al niño o niña actuar de otra manera.

Otras veces, las “malas” conductas encierran emociones dolorosas a situaciones para las que no tienen otra forma de gestionar ni de expresar, ni siquiera de identificar.

Por eso, como padres, como educadores, tenemos que trabajar en las dos direcciones paralelamente: la intervención y la reflexión. Y dado que esta sobradamente demostrado que el castigo no sirve para crear aprendizajes a largo plazo, no cambia las causas que provocan la conducta inapropiada y conduce a emociones negativas hacia quien lo impone, tenemos que  habilitar otras maneras de enseñar a nuestros hijos a manejarse de formas más constructivas, tanto para ellos como para los demás. Esto exige, desde luego el empleo de una gran dosis de inteligencia emocional por nuestra parte y también de creatividad. Dejarnos llevar por el impulso, por el castigo cargado de impotencia, por la falta de alternativas, por la agresividad que algunas situaciones nos generan, es lo fácil, lo automático, para lo que estamos programados. Pero eso no es educar. Eso es reaccionar.

Educar requiere un máximo de paciencia, empatía y de creatividad. Requiere una intención voluntaria de desprogramarnos, requiere muchas veces una “silla de pensar” para nosotros. Un lugar donde, a solas y apartado de nuestro hijo, seamos capaces de calmarnos y recuperar un lugar de serenidad. A partir de ahí, podremos “accionar” en lugar de “reaccionar”, podremos conectarnos con la situación objetiva y valorar con suficiente distancia lo que de verdad ocurrió y hasta que punto era tan importante. Podremos ejercer como educadores, no como parte del problema.

Así pues, este sería el primer paso ante un conflicto que nos provoca emociones intensas de ira o agresividad: no actuar. Si se trata de una agresión entre hermanos, poner a salvo al agredido y tratar de hacer lo posible por no formar parte del círculo vicioso y añadir más agresividad y tensión. Parar. Buscar nuestra silla de pensar. Conectarnos con un lugar en calma porque es indispensable recuperar el equilibrio, por precario que sea, para poder ofrecérselo a ellos.

El siguiente paso sería neutralizar también la intensa emoción que tiene tanto el agresor, como el agredido, priorizando a éste último. Si se trata de otro tipo de mal comportamiento, también suele desatar emociones muy fuertes en ellos y cuando su cerebro está inundado de cortisol (hormona del estrés) no escucha, no ve, no aprende. Está literalmente borracho de negatividad y nuestras palabras serán incluso contraproducentes, aún en el caso de que remotamente sean escuchadas.

El abrazo, si se deja, el acompañamiento tranquilo y silencioso, las palabras calmadas que no buscan culpables ni respuestas, hacer un chiste, unas cosquillas,  ayudan a ir recuperando un estado donde sí será posible entenderse y tal vez, aprender algo.

Una vez sea posible iniciar un diálogo hay formas tóxicas, muy dañinas, a evitar:

Las etiquetas: eres… (eres agresivo, eres lento).
Los absolutismos: siempre, nunca.
Las generalizaciones: No hay una sola vez que te diga que hagas los deberes y te pongas a la primera.
Las ironías.
Las metáforas, que a determinadas edades no entienden y te alejan de ser escuchado.
Las frases hechas.

jueves, 16 de enero de 2014

El susurro de nuestra historia: reflexión en torno al "cachete a tiempo"

por Alejandro Busto Castelli

"...Y como el lector puede adivinar, nadie está libre del susurro de su historia, nadie se escapa de ese murmullo sórdido y agotador. Ni un juez de menores más o menos mediático, ni un popular pediatra vendedor de panfletos, ni los psicólogos/as televisivos armados con sus manuales científicos. Ni siquiera un tertuliano convertido en reformista ministro de educación. Ni uno solo se escapa..."



Llevo más de 12 años impartiendo formación en empresas.
Mis alumnos, los participantes de talleres y seminarios, no son niños. Son adultos que algún día fueron niños, que se parece pero no es igual.

A través de los años, resulta curioso ver cómo evolucionan los contenidos a impartir. Es más que interesante ver cómo hemos ido  pasando poco a poco de las recetas “para parecer” a las reflexiones del “como ser”. Cada día más y más adultos, empleados en alguna de las empresas de nuestro país reciben información y formación acerca de cómo gestionar sus emociones, como comunicarse asertivamente, como influir positivamente en los demás, como afrontar la crisis de forma optimista  o como dirigir y crear equipos poderosos en su rendimiento y en su fortaleza emocional.

Y reciben esta formación básicamente por dos razones:

La empresa española despierta del letargo del autoritarismo y el abuso de poder, del ser humano como un expediente más, una nómina a pagar, a una realidad donde la propia rentabilidad empresarial, pasa por el bienestar emocional y físico de las personas que la componen. Donde cualquier tipo de violencia o agresividad, sea esta verbal, psicológica o física “no es rentable” y por lo tanto no vende.  Es un despertar por cierto muy lento, a veces demasiado.

La segunda es más obvia que la anterior. Los adultos hoy devenidos en profesionales no saben, no pueden o no quieren, aproximarse en casi nada a lo que hoy las empresas les demandan de un punto de vista de la construcción de las relaciones internas y externas de sus organizaciones. Básicamente porque son hijos de la pedagogía más negra, del adiestramiento cuasi científico, de la educación delegada o institucionalizada y por supuesto de poderosas afirmaciones como “este niño necesita un cachete a tiempo”, a mayor gloria del castigo y la falta de respeto como escuela de vida.

La paradoja es que a día de hoy mientras esto sucede en una parte de la sociedad, todavía debatimos sobre el supuesto valor pedagógico del “cachete a tiempo”, de la imposición adultocéntrica, de la norma no consensuada, de los negativos o puntos rojos en el cole, de las sillas de pensar como castigo al sentir, de la agresividad como comunicación prioritaria  si uno quiere convertirse en un “hombre o mujer de éxito”.
Sirvan de muestra la entrevista que el diario ABC realiza recientemente a Olga Carmona, mi compañera de viaje en todos los sentidos, con el sugerente título “¿Por qué la bofetada a tiempo no es un método educativo?”  y también los comentarios de algunos de los lectores de la misma.

Y es allí donde curiosamente aunque no tanto, aparecen algunos de los defensores de “a pie” de esta visión. No se me escapa que el fenómeno va más allá de los comentaristas virtuales y  fundamentalmente en el ámbito de lo infantil, todavía “la letra con sangre entra”. Y esto lo vemos bien en el sistema educativo o bien dentro de las familias, porque como he dicho, este discurso ya no se compra hace años en la formación empresarial de adultos donde ya resulta intolerable. Asimismo es perseguido social y penalmente en el mundo de la pareja y sin embargo de forma torticera a mi juicio, el discurso cala si de niños se trata, propiciando absurda pero calculadamente el disparate social en el que nos encontramos.

El siglo XXI es ya el siglo del cuestionamiento de la educación decimonónica, del desenmascaramiento de las escuelas psicopedagógicas que solo pretenden controlar conductas y anular la libertad, del principio del fin de la pedagogía negra y del surgimiento imparable de la psicología positiva y de la eco pedagogía entre otros movimientos.

lunes, 13 de enero de 2014

Consumo, regalos y tiempo en Navidad: Entrevista a Alejandro Busto Castelli:



"...les diría a padres y madres que abolieran el cacareado discurso que no importa tanto la cantidad de horas que pasamos con nuestros hijos como la calidad de las horas que pasamos. Este es uno de los inventos del sistema para ayudarnos a manejar la culpa mientras seguimos siendo rentables y le ayudamos a perpetuarle..."

por Cristina Saraldi

Como primer post de este año, quiero invitaros a reflexionar sobre el significado navideño en las familias gracias a la entrevista que hice a Alejandro Busto, psicólogo y padre comprometido con la infancia.
Alejandro Busto Castelli es cofundador y codirector del proyecto Psicología CEIBE de Madrid (España), un lugar de encuentro en torno a la crianza en positivo y al desarrollo consciente de las personas. CEIBE abarca el asesoramiento y terapia para padres, madres y niños/as, la realización de conferencias, talleres, seminarios y encuentros para hombres y padres, todo ello en torno a la paternidad y al desarrollo de adultos y niños en libertad. Desde hace 12 años es también profesor en empresas y universidad, formando profesionales en el mundo de las habilidades directivas. Bajo un prisma humanista, aborda temas como la comunicación emocional, la gestión de conflictos interpersonales, la creación de equipos de alto rendimiento, la creatividad, la motivación o la dirección de personas.
Es coautor del libro de reciente publicación Una nueva paternidad de la editorial PB.
Espero que la disfrutéis y, ya que los Reyes están a la vuelta de la esquina, tengáis en cuenta alguno de sus consejos.
Gracias Alejandro por tu tiempo.

PREGUNTA: Me gustaría hablar acerca del exceso que supone la Navidad en todos los niveles. Por un lado, la cantidad de reuniones familiares, por otro lado, la comida y por último, y a mí el que más me preocupa, la cantidad desmesurada de regalos que se compran. ¿Cómo puede afectar en las familias tanto consumismo?

RESPUESTA: Con independencia del tema regalos, desde mi punto de vista no es que el consumismo “nos afecte” familiarmente. Es que resulta el corazón del propio sistema, su leiv motiv, su razón de ser. No nos puede afectar más. Somos  cautivos de él.
Los regalos en estas fechas no son otra cosa que un hito más en esta carrera, por cierto programado y agendado como tantos otros momentos del año. Hablamos que algunas empresas de este país facturan el 70 % de toda su facturación anual en estas fechas, fíjate hasta qué punto afecta el consumismo a este juego capitalista y consumista al que por cierto de una forma u otra, con más o menos conciencia, todos jugamos.

Benjamin Lacombe

Déjame hacerte una observación. Regalamos, cenamos, nos queremos y cuidamos según el mercado decide que debemos hacerlo. Es una sutil manipulación calendarizada a lo largo del año, de nuestros afectos, nuestras creencias culturales y religiosas, nuestras emociones y nuestras carencias. Las llamadas “fiestas” son el punto álgido de esta manipulación, como lo demuestran las cifras. Digamos entonces que por ser el número estrella del circo, no deja de ser parte del mismo.
Ahora bien, este circo se puede vivir de diferentes maneras. Podemos ser conscientes de que somos parte de él o puedes creerte que no hay tal circo. Puedes seguir delegando tu vida o puedes intentar vivirla. En los circos hay muchos roles. ¿Tú quién eres cuando entras en una tienda en estas fechas y decides regalar algo?  Quizá no seas el dueño del circo, esto parece claro… pero ¿eres público?, ¿trapecista?, ¿el payaso? ¿el actor principal?, ¿el animal secuestrado y maltratado para que otros rían tus gracias?… Me parece importante primero definir mi rol en este jueguecito y  obviamente el resultado final, una vez definido el rol, no debería ser el mismo.
Cuando hablo de resultado final me refiero a nuestra forma de relacionarnos con cada final o comienzo de año y sus respectivas celebraciones. En resumidas cuentas y desde mi visión o lo vives haciéndote dueño de tus decisiones al respecto, o te conviertes tú en parte de la decisión de otros.

martes, 31 de diciembre de 2013

Lo más leído del 2013: Nuestro Top 5





Desde Psicología Ceibe queremos agradecer a todos los que nos han seguido, nos han dedicado tiempo de lectura y reflexión y han contado de una u otra manera con nuestra visión del mundo, pero especialmente y sobre todo,  a nuestros pacientes, por permitirnos el privilegio de acompañarles por el difícil camino de sus heridas, por valientes, por generosos, por ayudarnos también a nosotros a crecer.
 
“Las palabras son pedazos de afecto que transportan a veces un poco de información”

Boris Cyrulnik
 
En las últimas horas de este año 2013, os dejamos con aquellos artículos del blog, que vosotros habeis elegido para leer, difundir, compartir o simplemente para mirarse al espejo personal y seguir creciendo juntos.

Top 5
El diván de Peter Pan por Alejandro Busto Castelli

El nacimiento de un grupo de hombres, un círculo masculino en Madrid, junto con la publicación del libro "Una nueva paternidad" dió lugar a estas líneas donde reflexionabamos sobre la importancia del sentir masculino y el nuevo rol del hombre en la sociedad actual.

Top 4
Estoy enamorada de vuestro padre por Olga Carmona

Las palabras de Silvio Rodriguez en el tema "Oleo de mujer con sombrero" sirven de introducción y tremenda metáfora de esta declaración de amor de pareja..."Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan ahí, ni el recuerdo los puede salvar…” 

Top 3
Me pica la pepa  por Olga Carmona

La maternidad más oscura, los fantasmas y la dificultad para encontrar la coherencia con la que educar en el día a día.
  
Top 2
¡Sucios, desordenados y descalzos!  por Olga Carmona 

Una reflexión sobre la ecopedagogía o pedagogía verde, una propuesta valiente de reencontrarnos con nuestra esencia y alejarnos de los modelos tradicionales, enfermos y antropocéntricos.

Top 1
Educar vs. Adiestrar: por Olga Carmona

El articulo más leído de este año y el segundo más leído desde que tenemos el blog, es una critica sin matices al actual sistema educativo, desde dentro de si mismo. Con la humildad de no haber encontrado aún el camino alternativo y con toda la fuerza para pelear cada día por encontrarlo.

¡Feliz 2014! 
Alejandro y Olga

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